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El amor en tiempo de bolero

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Un género musical que nos hizo amar

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Alberto Mosquera habla del colegio Guadalupe y del bolero

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Portada de El amor en tiempo de bolero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Alberto Mosquera nos invita a recordar

Noche de recuerdos y nostalgias

 

Fue así, en efecto. La noche del jueves en el auditorio de la Asociación Guadalupana se llenó de viejos camaradas de aulas, se hicieron mil recuerdos de aquellos años, de aquellas palomilladas, un tenor cantó boleros clásicos y un bardo chalaco interpretó boleros cantineros... también de aquellos años.

Alberto Mosquera Moquillaza, el autor de El amor en tiempo de bolero estuvo, como quien dice, en su salsa: sus condiscípulos con un ejemplar de su libro en las manos, picoteaban la lectura y se acordaban de lo que vivieron, bailó un bolero con su esposa en pleno proscenio, y el auditorio lo aplaudía.

El autor de estas breves frases introductorias, leyó una reseña de El amor en tiempo de bolero y se permitió recordar también, a un antiguo colega periodista, Carlos Ney Barrionuevo, de quien este libro dice que fue una suerte de asesor literario de Mario Vargas por sus conocimientos de todos los bares la Lima de los años 60.

Me he permitido en esta ocasión, incluir en esta página un resumen de la magnífica pieza literaria leída por Alberto Moquera, como colofón de la presentación de su libro. Gracias por su atención.

(Lep)

 

Noche de recuerdos y nostalgias

Por Alberto Mosquera Moquillaza

 

Esta noche es una noche de recuerdos y nostalgias. De recuerdos porque estamos haciendo todo lo posible por encontrar en cada rostro amigo la montaña de pasado que suele acompañarlo. Y de nostalgia porque sin ese previo esfuerzo del pensamiento, nos podemos dar también, intempestivamente, cara a cara, con un pedazo de la adolescencia que pasamos en nuestro añorado Guadalupe. Y esa es la razón, creo yo, por la que año a año nos volvemos a reencontrar para colectivamente hacer ese ejercicio de introducirnos racional o emocionalmente en ese túnel del tiempo, y hallar en cada rincón las razones de nuestra existencia, los eslabones más queridos de nuestras vidas, en una palabra, para dar con los espolones que nos convirtieron en hombres de bien, con sentimientos, emociones, e ilusiones, que en estas jornadas históricas se recargan y nos permiten seguir avanzando, naciendo una y otra vez, porque como decía el poeta para nacer hemos nacido.

Con el tiempo hemos comprendido que ser guadalupano es una forma de ser peruano, que se lleva en la sangre y en la piel, en el corazón y la mente. Y cada encuentro, o mejor dicho cada reencuentro, nos  afirma en esa manera de ser, de mirar el presente desde el pasado donde se colocaron esos estratos educativos que delinearon nuestra personalidad; y de afrontar el futuro con la frente altanera y firme el corazón. Los guadalupanos no hemos nacido para ser segundos ni terceros.

Un guadalupano nunca le hace concesiones al pesimismo. El entusiasmo, la alegría, el optimismo, caracterizaron siempre a la muchachada que pasó por las aulas guadalupanas. Éramos el orgullo del Perú, sus hijos preciados porque éramos los mejores, los que con una beca bajo el brazo —como certificado de ser los primeros—  o con los mejores rendimientos en los exámenes de selección, pasábamos a vestirnos de celeste, con la G de color granate estampada en esos pechos henchidos de orgullo y emoción.

Los años han pasado. Ya no tenemos las esplendorosas cabelleras de la adolescencia, el cabello blanco que antes sólo lo lucían nuestros padres, hoy coronan nuestras testas, o las frentes se muestran ahora amplias y lustrosas. El espíritu, sin embargo, sigue siendo el mismo, por eso es que estamos reunidos esta noche, conscientes de que si bien físicamente ya no somos los mismos, nada, nada ha cambiado como para dejar de ser los ganadores de siempre: alegres, jubilosos, dicharacheros, palomillas. Lo que se ha perdido en cantidad se ha ganado en calidad. Como diría Gabriel García Márquez, los polvos están contados, pero cada uno de ellos es un monumento a la vida y al amor. Nuestros polvos de hoy son polvos de antología ¿O no? 

Y ya que hablamos de amor y de vida, hablemos pues de música y boleros.

Recordemos primero que culturalmente hablando los que estamos en la base 5 o nos acercamos a la base 6, somos hijos de la radio, del cine, del pickup, de la rockola y por supuesto que de las cantinas.  No había un señero barrio limeño que no contara por lo menos con una cantina mítica, y la combinación entre éstas y la radiola, fue sencillamente explosiva. Cantaba Julio Jaramillo que la cantina era el oasis de los que tienen sed de besos, de abrazos y de amor. El bolero cantinero, del cual quiero hablarles esta noche, no podía tener un mejor ambiente, porque si bien en su origen y desarrollo vamos a encontrar la impronta del yaraví, el tango, el pasillo y el vals sentimental (del tipo que cantaba el cholo Berrocal o que sigue cantando Carmencita Lara), es en la cantina donde va a encontrar su gran feligresía. Pero estos feligreses ya no eran solamente los viejos limeños, eran los nuevos, los que habían llegado desde los últimos rincones del país, dejando quizá a la amada, o ninguneados también sentimentalmente por una Lima que siempre fue excluyente para con los provincianos, particularmente con los serranos.

Dicho de otra manera, el bolero cantinero,  además de constituir una vertiente original del bolero clásico, que se agotó con Armando Manzanero en la primera mitad de los años 60, es al mismo tiempo una adaptación a nuestras realidades sociales y sentimentales y por supuesto que a las vicisitudes de toda relación amorosa. Nadie como nosotros, me refiero a los latinoamericanos, para amar a una mujer, pasando del cariño desmedido, que nos quita el sueño, que nos desespera, hasta el odio más profundo, producto del despecho, llegando a los extremos, aunque resulte paradójico, de odiar y querer al mismo tiempo. Son las cosas que tiene el corazón, criticables para algunos, pero como dice la letra de un viejo bolero: qué saben de la vida los que no han sufrido, los que nunca han sentido una pena de amor.

Lisandro Otero, un especialista en estos temas, ha señalado que en las letras del bolero en general aparecen tres opciones: el amor correspondido, el amor no correspondido y el amor traicionado. La singularidad del bolero cantinero es que el peso de la disertación sentimental recae en las dos últimas opciones (amor no correspondido y amor traicionado), siendo la traición el leimotiv de la expresión más “cortamelasvenas” de ese bolero. ¿Por qué “córtamelas venas”? ¿Han escuchado  amor gitano?

Toma este puñal/ Ábreme las venas/ Quiero desangrarme/ Hasta que me muera/ No quiero la vida/ Si he de verte ajena/

Pues sin tu cariño/ No vale la pena

Se prefiere la muerte, la más brutal y dolorosa antes de ver a la mujer amada en brazos de otro. Se le dio todo, pero  pagó con la traición. Esa es una opción; pero existe otra: la de hacer justicia con las propias manos y acabar de una vez por todas con la traidora y  su nuevo amor, que dicho sea de paso puede ser un “amigo”, entre comillas. Justamente uno de los simples más vendidos de Jhonny Farfán es “Señor abogado”:

Déjeme tranquilo, señor abogado/No quiero defensa, prefiero morir/Yo la he matado, porque se ha burlado/De mi amor sincero, delante de Dios

Lucho Barrios y Pedrito Otiniano, que acaban de cumplir, cada uno de ellos, 50 años de vida artística, son en el Perú los máximos exponentes del bolero cantinero o “cebollero”, en lo que podríamos llamar la primera etapa de ese género; mientras que Jhonny Farfán, Iván Cruz, Guiller e incluso la misma Gaby Zevallos han incursionado con mucho éxito en el bolero “cortamelasvenas”, el del extremo, en el que sólo la muerte borrará la afrenta, de uno o de otro lado.

Siguiendo a Lisandro Otero, podríamos decir que Marabú, interpretado por Lucho Barrios, es un buen ejemplo del canto al amor no correspondido, al amor que se fue sin dejar ninguna esperanza:

Adiós, ya me quedo sin ti/ Y así para que más vivir/ Sin ti, no podré más luchar/ Sin ti, para que resistir/ No sé para que quiero amor/ La esperanza sin ti ya no tiene valor/ Al fin, te podré olvidar/ Si la vida es así, para que más vivir

Pedrito Otiniano, mientras tanto, tiene en “Fuiste mala conmigo”, una expresión dramática del rechazo a la mujer que hoy suele llamarse “jugadora”, acostumbrada a jugar con los sentimientos  (y por supuesto que también con los bolsillos) del varón y a la que no hay simplemente que olvidar, sino condenar y desearle lo peor de lo peor por su infamia.

Ya no quiero tus besos/Me hacen daño al volver/Ya no sangra la herida/ Que dejaste al partir/ Fuiste mala conmigo/Y yo tonto te creí/Que tus besos eran míos /Sólo míos nada más/ Que venga la muerte /para esa canalla/Que se vuelva nada/Ni rastros deje ya/Que pise el infierno/Que se vaya pronto/Y entre sus cavernas/Sepulte su maldad

Cuando las cantinas y las rockolas hacían  furor en Lima, este era el tipo de boleros que iluminaban los recuerdos de los amores perdidos o traicionados. Alguien ha dicho que por un sol —que era el precio del disco— se compraban tres minutos de nostalgia, siempre cerca del licor bendito que nos da la vida, y de los verdaderos amigos, siempre prestos al consejo para aliviar los males del corazón.

El bolero es un grito de amor, hay que cantarlo o escucharlo, pero sobre todo hay que bailarlo con devoción y mucha pasión. Este baile es como un ritual, donde tienen que cumplirse determinadas reglas. Por ejemplo, en los tiempos del auge del bolero no era lo mismo, en algunos ambientes, bailar con una quinceañera que bailar con una mujer hecha y derecha. A la primera había que saberla tratar, no olvidemos que ella llegaba todavía en pelucitas, con el alma blanca, entre algodones, y de repente cargando   uniforme y  lonchera. Para ella era recomendable un bolero azulito, de esos que cantaba Nat King Cole y que tranquilamente podía transportarla a las nubes:

Ansiedad/De tenerte en mis brazos/Musitando/Palabras de amor

El poeta Armando Manzanero, el último de los grandes exponentes del bolero clásico, podía llegar también en nuestro auxilio:

Parece que fue ayer cuando te vi/ Aquella tarde en primavera,

Parece que fue ayer/ Cuando las manos/ Te tomé por vez primera

Y allí íbamos nosotros, titubeando y con las manos sudorosas, pero prestos a calentar el oído de ese angelito. Ven por aquí hijita, uno, dos, tres, uno, dos, tres, suavecito, suavecito, de aquí para allá, de allá  para acá, la mano derecha en el talle, la mano izquierda templadita, cogiendo bonito, bonito, la diestra de la niña. ¿Has venido solita amiguita?, cachetito, cachetito, ¿estudias en el  Rosa no?, cachetito, cachetito, ¿has visto la última de cantinflas?, cachetito, cachetito …

¿Morirá el bolero en medio del perreo? Creo que no. Mientras existan mujeres y hombres dispuestos a conocer el lado oculto de la luna, o a demostrarnos que la semana tiene más de siete días, habrá espacio para tan románticas creaciones. Y la edad no es un impedimento para ello. He llegado a la conclusión de que eso de viejo verde es  creación de alguna suegra maliciosa o de una esposa demasiado preocupada por el nuevo lock del marido. El tema no pasa por las canas, pasa por las ganas y si el cuerpo quiere tirar y hay un alma caritativa de por medio, pues que tire. Por eso es que pasillos como “17 años”, cantado por Segundo Rosero, hace furor en nuestro medio, al reflejar precisamente el amor de la madurez:

Yo vivía triste sumido entre sombras, /Sin pensar siquiera, que existe la vida /Pero ha llegado a mi este momento/ Y a la edad que tengo me nace un amor/ Tiene en su mirada los rayos del sol/ Y en su linda boca un lindo candor/ Tiene en su mirada,/ Tiene en su boquita, un soplo de vida/ Tiene lo que nadie/ Tiene en esta vida para ser bonita

Lo escribí hace algún tiempo y lo repito esta noche: “…en cada uno de nosotros, hombre o mujer, puede anidar un Florentino Ariza o una Fermina Daza, los ancianos amantes de “El Amor los tiempos del cólera” que, con sus corazones astillados – no precisamente por el tiempo, sino por el amor- alcanzaron el paraíso al filo de sus existencias”

 

Muchas gracias.

 

 

Presentación del libro

El amor en tiempo de bolero

 

Quienes llegados a Lima desde la provincia, en algún momento del pasado siglo, no queríamos pasarla de mojigatos, debíamos acudír de buena o mala gana a los lugares que amigos y colegas periodistas nos presentaban, para una sesión de conversación y tragos ante una mesa donde se arreglaban todos los problemas del país.

Alguna noche de aquellos años, mientras paseaba por la recién conocida Lima, recordé aquellos versos de Ricardo Rojas que creo se inician con "He llegado hasta ti como se llega / del campo humilde la ciudad inmensa, / asombrado de todo, curioseando..."

En esos días de asombro, de curiosear por todos los rincones de la noche, asistimos a lo que Alberto Mosquera Moquillaza describe en su reciente libro El amor en tiempo de bolero, y volvemos a recorrer los pasos de aquella juventud signada por el romance y el bolero, las visitas a las amplias avenidas de una Lima en trance de cosmopolitismo.

Ahora, con el libro entre las manos, me viene casi la certeza de que  El amor en tiempo de bolero, es el pretexto perfecto para llevarnos -a los que venimos del siglo pasado- y aún vivimos en el presente, a un nuevo paseo por aquellos establecimientos nocturnos donde no solo arreglamos los problemas del mundo, sino que uníamos nuestras voces a los de la rockola donde no pocos de nosotros sentimos un nudo en la garganta o los ojos humedecidos por la evocación de un idilio que se resiste a la resignación del olvido.

Mosquera nos muestra que no solo anduvo por los barrios llamados radicionales, como La Victoria, el Rímac y los bares del centro de la Lima que se fue, que se han ganado un lugar en los recuerdos y en nuestros corazones.

Pero el pretexto para aquellas evocaciones del Palermo de La Colmena, El Sabroso del Callao, La Catedral de Mario Vargas Llosa y otros más, es que Mosquera quería hablar del bolero que seguramente le estrujó el corazón y el sentimiento, como a los muchos que lo vivimos y bebimos en la mitad del otro siglo. Cómo no recordarlo.

Nos cuenta que los vaporinos traían las últimas novedades de Puerto Rico, Cuba o México en viejos acetatos de cuarenticinco rpm para ponerlos en la rockola de El Sabroso de la calle Constitución.

Luego de un viaje a El Sabroso y a las salsas que ocuparon buenas horas antes de la sección boleros, Mosquera nos trae el recuerdo de los Aretes de la luna y nos entrega la letra entera de la canción y recuerda que “la voz cadenciosa del maestro Tito Rodríguez, congelaba el ambiente: en la vida hay amores / que nunca pueden olvidarse / imborrables momentos / que siempre guarda el corazón /  (...) Qué más podiamos pedir, el maestro de maestros estaba dando cátedra. Porque justamente muchos llegábamos al bar para reconocer, entre trago y trago, que no olvidábamos a la mujer que había capturado nuestras ansiedades amorosos. Como rezaba la misma canción, podíamos haber besado otras bocas, u otros abrazos, llenos de emociones, podían habernos estrechado,  pero lo único que habíamos logrado era recordar los besos y abrazos de la inolvidable damisela”.

En el mismo estilo coloquial que emplea en todo el libro, prosigue: “Nadie podía quejarse, la noche estaba completa. El desenlace ritual, para muchos, estaba en los bares del Callao, donde uno podía continuar soñando, bailando y etcétera, etcétera. mientras otros preferían la retirada estratégica para volver otra tarde, con más bríos, y también con más balas en los bolsillos para seguir disfrutando de la salsa o el bolero, los buenos tragos y la amistad eterna de los amigos”.

Habla también del diario Ultima Hora donde trabajó “hace más de cuarenta años” y de la Revista de la Facultad de Ciencias Economicas de San Marcos y de la revista electrónica  Ciberayllu, que “constituyen los últimos reductos de una pluma que debutó entintándose en crímenes y violaciones, se afirmó en la redacción de volantes, manifiestos y periódicos políticos, para relanzarse en las crónicas que tratan de esa peregrinación, que son las que estamos publicando”.

El libro entero –109 páginas–, recorre bares, nombres de cantantes, autores, músicos, letras de boleros –tampoco abandona el huayno ayacuchano, al que le demuestra gran cariño– y “el pick up y las agujas para reemplazarlo por la estentórea rockola...”

Por eso uno que lo lee devotamente, va con él al Palermo, al Negro Negro y a los callejones donde no solo había boleros de Daniel Santos sino valses de Jesús Vásquez y bohemia, La Catedral como inspiración de Vargas Llosa, y seres de carne y hueso como Carlitos Ney Barrionuevo, reportero policial a quien el insigne novelista, dice, convirtió en su director literario.

Bueno, vamos con El amor en tiempo de bolero a recorrer nuestros recuerdos, la Lima de mediados del siglo pasado, los bares con mesas pellizcadas por las quemaduras de los puchos de cigarrillos, el cachito de los viernes o cualquier día de humor, a visitar los callejones de un solo caño, de los que muy pocos quedan ahora, y donde ahora solo existen “las tías chismosas”, porque en algunos de ellos, podemos encontrar a Felipe Pinglo y a Luis Enrique, el plebeyo o, quizá más adelante, hasta un partido de fútbol con el negro Gradín, con Sotil–Perico–Cubillas y Pitín Zegarra.

Todo eso es el pretexto. Mosquera ha usado el bolero cadencioso, poético y sentimental para llevarnos a un viaje a través de sus recuerdos que, sin atenuantes ni disculpas, son también los propios.

(Luis Eduardo Podestá)

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Portada de Cuatro días de junio, de Luis Eduardo Podestá

Cuatro días de junio
 
"Algo que va a aportar realmente a la historia de Arequipa porque muy poco se sabe de cómo comenzó esa gran rebelión de 1950", dijo el historiador Gustavo Bacacorzo al presentar el libro Cuatro días de junio, del periodista y escritor Luis Eduardo Podestá.
Como no podía ser de otra manera, el libro, que contiene una muy personal descripción de la Arequipa de mitad del siglo pasado, fue presentado en las instalaciones del club Arequipa de la ciudad de Lima.
Pero el plato fuerte de Cuatro días de junio, es el relato fiel de la huelga del Colegio Nacional de la Independencia Americana que se inició el 12 de junio de 1950 protagonizada por los estudiantes del cuarto año de secundaria de aquel histórico plantel surperuano.
Bacacorzo tuvo a su cargo el comentario académico del libro y dijo que los valisos datos que contiene sobre la Arequipa del medio siglo XX constituyen una fuente valiosa para los estudiosos, porque "realmente son inéditos".
Por su parte, Luis Valdez Pallete, presidente interino del club, literato y estudioso de la historia, no solo destacó el valor histórico del libro sino el contenido literario e incidió en varios pasajes que le parecieron destacables.
El libro no ha aparecido en librerías, pero puede ser solicitado en Lima al teléfono 481-9852 y en Arequipa al teléfono 22-7025.