Mensaje del cineasta Álvaro Mejía
El cineasta
arequipeño Álvaro Mejía Salvatierra acaba de enviarnos el mensaje siguiente, que informa del premio recibido en Argentina
un documental de su creación sobre el pionero arequipeño de los viajes espaciales, Pedro Paulet Mostajo.
Como muestra
de legítimo orgullo, les comunico la noticia a todos los visitantes de esta página, con mis felicitaciones a Álvaro Mejia,
que como se desprende del veredicto del jurado tendrá una estada agradable en Europa donde también será presentado el documental
sobre Paulet titulado “De Arequipa a la Luna / Perú”.
Y para que
se mantenga en el recuerdo, adjunto también el artículo sobre Paulet anteriormente publicado en la revista Mistinoticias.
Amigos
José Gabriel
Neyra, Luis Eduardo Podestá Núñez:
Comparto
con ustedes esta noticia
Saludos
Alvaro
BUENOS AIRES,
lunes 30 de Octubre de 2006
Estimados:
El día
viernes 27 de octubre ha finalizado el Forum de Producción DocBsAs 06, luego de 2 jornadas intensivas de formación a
cargo de Xavier Carniaux y Carmen Guarini, una jornada de master classes y un pitching ante un jurado integrado por:
Jean Perret - Director del Festival
Internacional de Cine Documental de Nyon “Visions du reel”, Suiza
Serge Lalou - Director de Les Films
D´ici, Francia
Clemence Coppey - commissioning
editor France 2
Michael Burns - Director de Programación
de Documentary Channel de Toronto, Canadá
Isabel Arrate Fernández - Coordinadora
de Jan Vrijman Fund, Países Bajos
Alejandro Fernández Mouján - Responsable Área Cine de la
Dirección Ejecutiva de Canal 7
Los proyectos
que han resultado ganadores son (entre otros):
Se decidió otorgar un segundo Premio Visions du reel.
Otorga el Festival Visions du reel (Suiza) / Invitación, pasaje y estadía para la próxima edición del Festival. (Euros 2.500)
Proyecto: de
arequipa a la luna / perú
Realizador: Alvaro Alfonso Mejía Salvatierra
Producción: Primi Quattrini / Gianfranco
Quattrini
Por
Luis Eduardo Podestá
Lima
- Pedro Paulet Mostajo, el precursor peruano de los viajes interestelares, era un niño aún cuando comenzó sus experimentos
que lo llevarían a los altares de la ciencia universal. Ahora, el día de su nacimiento, el 2 de julio, ha sido declarado el
Día de la Astronáutica Peruana.
En los experimentos que realizaba en su nativa Tiabaya, Arequipa, mil kilómetros al sur
de Lima, utilizaba canutos de carrizo rellenos con pólvora reciamente atados con hilos encerados, para lanzar cohetes al espacio
con el peso adicional de roedores, piedras o trozos de metal.
Seguía
el ejemplo de los fabricantes de fuegos artificiales que abundan hasta hoy en Arequipa, pero sus fines eran distintos. No
quería adornar el cielo con luminosos chispazos multicolores en las fiestas patronales.
Él
trataba de atravesar el aire para llegar a las estrellas. Es probable que haya sido inspirado en alguna lectura de ciencia
ficción, sobre todo de Julio Verne, pero esto no está confirmado.
Su
teoría era que no había que “tratar de atraer el aire, sino de empujarlo”.
El
hecho es que sus experimentos de su niñez adquirieron seriedad y desarrollo cuando produjo inventos como la rueda a la que
aplicó turborreactores que le hacían dar vueltas sobre el mismo sitio hasta que el combustible se agotara o como el “avión
torpedo”, que en realidad es una máquina para viajar al espacio.
Paulet
había eliminado de sus proyectos la hélice, el único dispositivo que, entonces, a fines del siglos XIX y principios del siglo
XX, podría levantar el vuelo de un elemento más pesado que el aire.
Tampoco utilizó el vapor, la electricidad o la combustión interna, como los elementos conocidos
en la época para mover barcos, automóviles y otras máquinas.
Al diseñar su avión torpedo, Pedro Paulet pensó en el uso de fuerzas retropropulsoras provocadas
por cohetes. Era lo mismo que los científicos alemanes, ingleses, rusos y norteamericanos comenzaron a experimentar durante
la Segunda Guerra.
Los alemanes crearon las bombas V-2 con las que pudieron llegar a bombardear Londres en las postrimerías
de la guerra, en 1944-45.
Muchos años antes, en 1907, Paulet diseñó y construyó el motor de su avión. Pesaba escasamente
2.5 kilogramos y tenía un empuje de unos cien kilos, gracias a sucesivas 300 explosiones por minuto, provocadas por un combustible
de “propelente líquido” según señalan especialistas, consistente en una mezcla de peróxido de hidrógeno y gasolina.
El avión torpedo, al que en el futuro Paulet prefiere
llamar “autobólido” estaba diseñado en base a su motor a reacción y tenía alas delta y una forma de punta de lanza.
Tenía una cabina interior adecuada para una tripulación, revestida por fuera con una capa resistente a las condiciones espaciales
y de la fricción con la atmósfera. Paulet dijo que eligió el diseño esférico de la cabina porque esta forma geométrica es
más resistente a las presiones externas producidas por el medio ambiente y permite completa libertad de movimiento a la tripulación.
El diseño consideraba paredes térmicas y la producción de energía para los instrumentos por medio de baterías termoeléctricas.
Dice un técnico de la Fuerza Aérea Peruana (FAP) al respecto: “Tanto el carburante como
el oxidante se encuentran almacenados en tanques separados y son mezclados en la cámara de combustión donde por medio de una
bujía se produce una chispa que provoca la ignición. Esta combinación generaba poderosos gases que eran expulsados al exterior
a alta temperatura, y como consecuencia se producía una reacción que hacia elevar al vehículo”.
Artista dedicado a la ciencia
Pedro Paulet fue hijo de una familia campesina del distrito de Tiabaya. Nació el 2 de julio de
1874 y sus padres fueron Pedro Paulet y Antonia Mostajo. Luego de terminar su primaria, sus padres lo matricularon en el colegio
estatal de la Independencia Americana y más tarde ingresó a la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa. Algunos de
sus biógrafos indican que, Paulet era básicamente un artista y organizó con un grupo de estudiantes el Centro Artístico, dedicado
a través del cual se capacitó en dibujo y escultura.
Había
cumplido 19 años cuando falleció su madre. Al año siguiente, 1893, en reconocimiento a su excelencia académica, recibió una
beca del gobierno peruano, y se fue a Francia. Asistió a conferencias públicas que ofrecía en la Universidad de Francia, el
profesor Marcelin Berthelot. En la Sorbona estudió ingeniería y arquitectura. Pero su afán de descubrir la forma de conquistar
el espacio, lo leva a matricularse en la facultad de Química, cuyo profesor, Berthelot se convirtió en su principal asesor.
Comenzó entonces sus experimentos para descubrir el combustible adecuado para activar cohetes.
Tenía
21 años cuando obtuvo el título de Ingeniero Químico en el Instituto de Química Aplicada de París.
Rechazó
desde el comienzo la imitación de los pájaros por el hombre que quería volar, algo que hicieron nuestros antepasados desde
mucho antes de los diseños de Leonardo de Vinci. Hay que tener en cuenta de que si la naturaleza hubiera querido hacer del
hombre un ser volador, lo hubiera dotado de un esternón de dos metros y medio y le hubiera dado huesos huecos. Pero no es
así, como todos nosotros sabemos, y nos debemos resignar a caminar sobre la superficie.
Pedro
Paulet tenía otros planes. Lo primero que experimentó fue la girándola motriz, consistente en una simple rueda de bicicleta
en cuyo aro había instalado tres cohetes unidos a los radios.
Los
experimentos con la girándola y con los explosivos, no obstante que eran realizados en un galpón, causaron no solo la alarme
sino una denuncia de los vecinos ante la policía. Lo arrestaron y estaban a punto de acusarlo de terrorista, pero tuvo la
suerte de que el profesor Berthelot, explicara a las autoridades la naturaleza de los experimentos y Paulet fue liberado.
Con
el avión listo
Paulet
tenía ya listo su avión torpedo, y buscaba el apoyo económico de industriales que lo financiaran. Pero los técnicos y empresarios
de entonces le prestaban mayor atención al uso de la hélice que él había desechado por obsoleta. La hélice estaba en su momento,
y tuvo la virtud de desplazar, debido a la miopía de la sociedad de entonces, a los inventos de Paulet, con lo que el mundo
no hubiera tenido que esperar un siglo para lanzarse a la conquista del espacio.
Así,
pues, Pedro Paulet Mostajo, debe ser entendido ahora en su verdadera dimensión, algo que no hicieron ni las autoridades peruanas
ni las de Europa, donde sirvió durante muchos años.
El
millonario norteamericano Henry Ford, le hizo en 1928 la oferta de un millón de dólares por el auto bólido, con la condición
de que renunciara a la nacionalidad peruana y adoptara la norteamericana, para poder patentar el invento del los Estados Unidos.
Paulet rechazó la oferta.
El
mismo año, la Sociedad de Astronáutica
de Alemania le invitó a unirse a esa comunidad científica que estudiaba la propulsión de cohetes. Aunque era la mejor ocasión
de probar su invento Paulet la rechazó porque se enteró de que el propósito real de los estudios eran la fabricación de un
artefacto de guerra que doblara el alcance del más moderno cañón británico.
Ya
era cónsul del Perú en Amberes, Bélgica, cuando confesó: “Tuve que abandonar mis trabajos. No encontré eco favorable.
Los pilotos y los inversionistas se habían entusiasmado con las máquinas movidas por hélices. Creían que los cohetes eran
una locura. Y no hay peor fracaso que el de un cónsul entregado a inventos, al parecer quiméricos”.
Paulet,
el genio incomprendido de finales del siglo XIX y principios del XX, había de sufrir aún más, debido a las consuetudinarias
trabas burocráticas de que ni el Perú ni la mayoría de las naciones del mundo han podido librarse ni siquiera en plena era
espacial.
En
1935, cuando el gobierno del Perú lo llamó para que dirigiera el departamento comercial de la Cancillería, juzgó que era el
momento de aprovechar su cercanía a las autoridades y envió al ministerio de Aviación, un archivo completo de sus experimentos.
Nadie se dignó responderle una letra, ni siquiera para acusar la recepción de los documentos. El mismo dossier fue enviado
dos años después al embajada de Gran Bretaña y recibió el silencio como respuesta. Recordemos que Londres fue durante la segunda
Guerra Mundial bombardeada con las V–2 alemanas, inspiradas en el mismo principio de los cohetes de Paulet.
Ya
en la década del 40 y cuando se encontraba en Buenos Aires como miembro de la legación peruana, Pedro Paulet leyó que Frank
Whitle, piloto de pruebas norteamericano había realizado con éxito un vuelo en un avión impulsado por un motor a reacción.
El
30 de enero de 1945, afectado seriamente por la sordera, y por las muchas frustraciones que había sufrido, esperaba una respuesta
de Lima, a una solicitud que remitió a la Cancillería, para que le concretara un ascenso al que tenía derecho y que llevaba
ya diez años de retraso. Ese mismo recibió la respuesta: la Cancillería le notificaba su pase a disponibilidad por límite
de edad.
También
ese mismo día, el chico de Tiabaya que ensayaba cómo llegar a las estrellas, con cohetes de carrizo rellenos con pólvora,
atados con una pita encerada, que ya anciano recibía su cesantía en Buenos Aires, dejó de existir.