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Álvaro y Áxel al pie de la pared norte del cañón

El cañón blanco

de Añashuaico

 

 

Lo primero que produce la visión de aquel solitario paisaje blanco cortado a cincel por treinta generaciones de artesanos, que le dieron a Arequipa su distintivo color blanco, es un temor reverente, estimulado por el enorme silencio, donde no se escuchan sino esporádicos golpes de buriles sobre el trozo de lava volcánica que se quiere tallar.

Eso y algo más es Añashuaico, la cantera que arranca de las faldas del Chachani, cruza el distrito de Cerro Colorado y sigue hacia el suroeste, en una sucesión de curvas sinuosas hasta el distrito de Uchumayo, quizá unos cuarenta o cincuenta kilómetros de largo.

Estábamos allí, mi hijo Álvaro, mi nieto Axel y yo, sobre el camino recalentado por el sol del mediodía, en el borde de aquella herida en la losa de lava que los picapedreros habían tallado a mano durante cinco siglos y medio para arrancarle la piedra que con tonalidades del blanco al gris, pasando por el rosado suave, ha levantado la Ciudad Blanca, sus casonas, sus iglesias, sus puentes, hasta que la ola roja del ladrillo la redujo a las dimensiones de hoy, en que solo se utiliza sillar para ornamentaciones en la construcción y unas escasas construcciones tradicionales.

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La pared norte se extiende hasta perderse de vista

 
 

Todos los tonos suaves

En alguna ocasión escribí que la cantera tiene sillares de todos los tonos: “… desde el soberbio blanco–blanco que daba su claridad eterna a la ciudad hasta el gris claro, desde el blanco–azulado hasta el blanco–rosa con que la naturaleza había pintado suavemente las vetas de la cantera, para dar tonalidades tenues y diferentes a las construcciones. Allí habían dejado la vida generaciones de desconocidos artistas de la escultura que tallaron soberbias fachadas y columnas de sillar para los templos, marcos de puertas y ventanas para las casonas de la ciudad, desde que fuera fundada, a mediados del segundo milenio de la civilización, cuyos pobladores amaban este material que provenía de una gigantesca losa de lava solidificada extendida a los pies del nevado Chachani como consecuencia de una apocalíptica explosión volcánica que abrió boquetes en la cumbre de las montañas y arrojó por ellos millones de toneladas de materiales incandescentes desde sus entrañas pétreas, convertidas en fuego líquido que el correr de los siglos congeló en piedra, sesenta millones de años atrás y dejó una herencia visible y milenaria de la formación de esas montañas trabajadas en sucesivos partos de fuego que construyeron los volcanes que a su vez iban a moldear el carácter de quienes más tarde o más temprano iban a poblar las antes verdes laderas de esos cerros hasta donde trepaban hoy las casas de los hombres.

Y después, en esa historia dramática, los hombres habían descubierto quinientos años atrás el enorme yacimiento de suave piedra blanca y habían comenzado a cavar una profunda garganta con cinceles y barretas, que hoy se extendía kilómetros y kilómetros al suroeste en la misma dirección que había corrido cuando era un torrente de lava hirviente. Y era difícil anunciar si alguna vez aquella veta de blancas y ligeras piedras iría a terminarse, porque, así lo averiguamos alguna vez, la herida que los picapedreros habían construido son sus cinceles y barretas era solo un rasguño en la enorme losa que la explosión o las explosiones tectónicas de hace millones de años, habían dejado sobre este trozo de tierra”.

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Vista panorámica del cañón

 

Los verdaderos constructores

Nosotros estábamos en medio de un camino “abierto en el borde de la cantera y que servía para el paso de los camiones que recogían el bello material de construcción que preparaban los picapedreros en su arduo trabajo de sol a sol, para tallar los sillares rectangulares, las columnas, los marcos de puertas y ventanas, las cornisas, y todo cuanto el capricho de arquitectos y dueños de mansiones reclamaban para construir sus residencias” y “esos trabajadores de la blanca cantera se prendían de las laderas cortadas a cincel donde hacían equilibrios y habían formado escalinatas irregulares para descubrir las vetas del sillar”.

Decía que los picapedreros eran los verdaderos constructores de Arequipa y que “habían tallado, a fuerza de cincel y con la sola ayuda de escuadras, cinceles y combas, desde no se sabe cuántas generaciones, a partir de las laderas del majestuoso Chachani, el cañón más profundo y hermoso del mundo de donde habían extraído con constancia de hormiga los bloques blancos, descubierto vetas de sillares rosados y grises, clasificado los trozos por su tamaño y color, y los habían entregado con generosidad para levantar la Ciudad Blanca y sus viejos y recientes monumentos, sus grandes casonas de antaño y las viviendas de los humildes barrios periféricos, y como un ejército anónimo, cubierto de polvo y con las armas del cincel y las barretas, habían avanzado año tras año, siglo tras siglo, hacia el oeste, para abrir en la ciclópea losa de lava esa enorme hendidura, alba herida en cuyas paredes cortadas a plomo, dibujaron sin saberlo o quizá sabiéndolo, los cuadros más espectaculares que pudieron haber imaginado Dalí, Picasso o Miró”.

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Vista panorámica del cañón blanco

 

De generación en generación

“Se habían pasado de generación en generación la sabiduría, la técnica y las herramientas y habían construido cornisas de un millón de formas, vértices de los más extraños ángulos que ascendían y descendían hasta encontrarse con una ventana rosada o con los ojos de roca negra aprisionados por el candente río de lava de hace sesenta millones de años, o con venas de sillar plateado que con el cambiante reflejo del sol parecían difundir silenciosos y lentos fantasmas de variantes rostros conforme avanzaba la luz de la tarde hacia el poniente” (...).

Las paredes del cañón blanco de Añashuaico no son muy altas. En algunos lugares podrían llegar a unos veinte metros, pero no por eso son escalables. Solo los picapedreros que buscan las vetas más adecuadas lo pueden hacer y es frecuente ver a los hombres trabajando en una plataforma a quince metros del suelo, en el corte de los sillares.

El atrio de la catedral de Arequipa, semidestruida por el terremoto de 2003 reunió casi de inmediato, por disposición del entonces Alcalde Juan Manuel Guillén, a una legión de artesanos que, bajo la dirección de expertos, numeraron y tallaron bloques de sillar de distinto tamaño, para convertirlos en las piezas que hacían falta para remplazar las que habían sido quebradas por el sismo.

Añashuaico puede incorporarse, con un poco de buena voluntad e imaginación, en un punto de los programas turísticos de Arequipa. Su cercanía a la ciudad facilita la llegada de visitantes propios y foráneos en pocos minutos.