Make your own free website on Tripod.com

mistinoticias

Literatura del sur

Home
Van Gogh: Morir frente a un trigal
La justicia llega
Dos relatos
Reminiscencias
Marcelo, el poeta
País amazónico
El pionero de los viajes espaciales
El cañón blanco de Añashuaico
Cartas
La pluma ajena
Contact Me

colcaniaoveja.jpg

Estos dos relatos son parte del volumen Ajuste de Cuentos de Luis Eduardo Podestá

 

La noche de María Soledad

 

 

Estábamos los tres sentados en los rieles del tren y María Soledad se había ubicado al lado de Enrique Salcedo y ambos me miraban con insistencia y tanto tiempo, dijo ella, clavando sus ojos negros en los míos, sí, dije, ha sido mucho tiempo, pero pregunté cinco años es mucho tiempo, y Enrique Salcedo sí, los tiempos son ahora más veloces, cambian y lo cambian a uno, cambian a todos, cambian todo, nos cambian a nosotros, sonreí y recordé los días del colegio secundario, cuando veníamos aquí, quizá con unos metros de diferencia más o menos, al sur o al norte y nos sentábamos en los mismo rieles, y ella, María Soledad, se ajustaba la falda del uniforme para no mostrar las piernas, me reí pensando en aquellos días y en esa actitud tan suya de cuidar que, sobre todo yo que estaba frente a ella, no viera más de lo necesario, y vi a lo lejos los pastores de ovejas que pasaban en busca de pasto que no encontraban porque la chimenea de la fábrica de cemento había arrojado sus humos blancos y pesados sobre los pastizales. Y ellos tenían que ir cada vez más lejos, conforme avanzaba la contaminación de esa nube lechosa que borraba la escasa vegetación y cubría la tierra toda con una fina capa de cemento que se endurecía con la escarcha o la simple humedad de las noches, oh, Dios, mío, pensé, cuánto ha cambiado todo esto.

Íbamos a conversar y hablábamos de todo y de todos, a jugar con una baraja y María Soledad aprendió tan bien que nos ganaba ocho de las diez veces que jugábamos y le enseñamos a jugar a los dados y pronto nos dimos cuenta de que nunca podríamos ganarle porque parecía que los dados la conocían de toda la vida, le decía, y luego, al final del último año que estuvimos juntos, nos fuimos al mismo lugar, porque, dijo Enrique Salcedo, éste sí es un buen lugar para respirar, lejos de los desagües abiertos de las calles de la ciudad, y claro, respondimos juntos María Soledad y yo, este aire es otra cosa y Enrique Salcedo sacó de su mochila una botella de cerveza, yo había llevado una botella de gaseosa y María Soledad extrajo tres panes aplastados por la presión de sus cuadernos y libros y unos trozos de queso. Ella usaba un bolso de cuero negro que colgaba de sus hombros mientras caminaba hacia el colegio y yo estuve alguna vez enamorado de ella, de sus grandes, vivaces ojos negros y de sus trenzas tan negras como el color de sus ojos y un día, muchos días más tarde, en una juerga en que participábamos los periodistas de varios periódicos y algunos de nuestros condiscípulos que habían conseguido trabajo en algún banco o logrado ingresar a la universidad, comentaron irrespetuosamente, medio salón quería tocarle los senos o el culo a la María Soledad y mucho después, el más cojudo de la clase, el que nunca decía nada de nada, se la llevó un día a las líneas del tren, llevó una botella de trago para invitarle y desde entonces ella se fue a vivir con él, y me quedé de una pieza, asombrado y dolorido por no sé qué cosas que se revolvían dentro de mí, aunque sólo un corto tiempo, unos dos meses, tres meses, quizá medio año, había ido noche tras noche a la puerta de la casa de María Soledad, cuya madre tenía un pequeño almacén y vendía todo lo que la gente o los viajeros necesitaban, había besado sus labios y ella había dicho que me amaba tanto como yo le juraba que la amaba, había juntado mi cuerpo al suyo, para sentir sus senos firmes, sus muslos pegados a los míos y sentir su propia excitación y su respiración anhelante, y mientras su madre se retiraba a descansar a su cuarto, nos quedábamos solos en la tienda, sentados muy juntos y una noche mis manos se dirigieron a sus senos mientas la besaba con desesperación, se dirigieron a sus piernas y puse mi rostro en su pecho y ella, temblorosa, roja de frío o de calor o de ambas cosas, es hora de cerrar la puerta, dijo suavemente, se puso de pie y yo hice lo mismo porque creía que en esa forma me decía que me fuera, pero no te vayas me dijo poniéndome un dedo en los labios y cerró la puerta y apagó la luz y sólo nos iluminaba el rayo que se filtraba desde un poste vecino por una rendija de la vieja puerta de madera, nos acostumbramos a la oscuridad, nos besamos, nos echamos en el suelo delante del mostrador sobre el suelo de ladrillos y su cuerpo suave olor a jabón. aroma de eucaliptos y retamas fue mío y yo fui también enteramente suyo, después nos vestimos sin hacer ruido, pero ella me interrumpía para besarme en la oscuridad y me arrepentí de haberme vestido tan pronto, la besé y presioné para que se echara una vez más con la idea de tenerla una vez más, pero mañana, me dijo, mañana, me dicen salud, hermano y respondo salud, porque todo el interés que tenía en esta reunión se esfumó cuando nombraron a María Soledad, debemos organizar la asociación, dijo alguien y dije está bien, de acuerdo, formaremos la asociación de nuestro pueblo, ofrecí aportar una cuota mensual y los demás hicieron lo mismo y me disculpé ya es tarde para mis costumbres, alegué, y al día siguiente María Soledad no me esperó, como solía hacerlo, para irnos juntos al colegio y reunirnos con Enrique Salcedo en el parque. Quise preguntar por ella en su casa, pero no me animé a hacerlo, como si debiera ocultar un pecado y me fui en dirección al parque donde Enrique Salcedo estaba sentado en una banca haciéndose lustrar los zapatos, ¿y María Soledad?, preguntó al verme, no sé, dije y creo que me puse rojo hasta las orejas, pero disimulé mirando hacia la comisaría donde una camioneta se había estacionado, creo que se adelantó y ya debe estar en el colegio, respondí, y nos fuimos y, efectivamente allí estaba ya María Soledad, con su uniforme gris bien planchado y su blusa blanca cruzada por los tirantes que salían de la falda y dejaban un espacio a sus senos, me miró, me sonrió y fingiendo que se iba a sentar a su lugar, me dio la espalda, mejor, nos dio la espalda a los dos y también nosotros nos fuimos hasta nuestra carpeta bipersonal.

Y ahora, mientras caminaba por las calles recordé lo que acaba de escuchar y nunca se me hubiera ocurrido pensar, lo que seguramente Enrique Salcedo hizo al borde de las vías férreas, luego de beber con ella una botella de licor, y todo el mundo menos yo, sabía lo que había ocurrido una tarde, mientras el sol bajaba hasta el horizonte y no había trenes que pasaran y toda la enorme pampa estaba helada por la cercanía de la noche y pensé mientras miraba mi vaso de cerveza, sentirían frío, se acercarían uno al otro, porque uno estaba frente a la otra y se habrían dicho salud, mirándose desde su asiento de hierro y ella bajaría su falda para que nadie viera más arriba de sus rodillas y en algún momento, cuando no pasaba ningún pastor por las cercanías, porque todos tenían ya a sus ovejas en sus corrales, durmiendo en paz su noche de hambre, ambos se acercarían a sí mismos, se echarían al borde de la vía, como nosotros nos echamos en el suelo de ladrillos de su tienda, y allí donde en el desnivel de la tierra se acumulaba la humedad de las lluvias y granizadas y que en ese tiempo, probablemente un frío julio o agosto, estaba seca con algunas hierbas que yo había pisado mil veces cuando me echaba a correr por la puna sólo por correr hasta que el corazón amenazaba con salírseme por la boca, ellos entonces, esa tarde de julio o agosto, tan fría que no admitía gente por el campo demasiado tarde, se echaron en  el desnivel para evitar el viento que corría a ras de la tierra arrastrando todo el aire helado que llegaba del polo sur y se amaron y yo a quinientos kilómetros y cinco años de distancia estaba celoso de que aquello hubiera ocurrido, tan celoso como cuando aquella vez me dijo que yo no fui el primer hombre en su vida pero que deseaba ardientemente que fuera el último y lo mismo, pensé, le habría dicho a Enrique Salcedo, con esa voz tan dulce y convincente que tenía que más parecía un susurro que acariciaba los oídos, y esa noche me propuse volver, aunque fuera para verla y verlos juntos, después de todo, me dije y me repetí día tras día, esta ya no es una historia de amor, sino una historia de olvido, algo normal que ocurre en la vida de todos a cada instante y a lo que deberíamos estar acostumbrados los que no nos decidimos a quedarnos en un sitio que era el nuestro para gozar de un amor inmóvil y una estabilidad eventual mientras en el mundo de fuera ocurrían todas las cosas, y por eso quisimos irnos dejando todo, incluido el amor, en busca de nuestro futuro porque el futuro nos decíamos, está en una ciudad grande con una amplia ventana al mundo y aquí nunca podremos encontrar la oportunidad que justifique nuestras ansias de bienestar para toda la vida.

Porque habíamos pasado parte de nuestra vida juntos, sentía un dolor profundo que no sabía cómo controlar. Era la chica más bonita del salón, según yo la veía y Enrique Salcedo y yo nos erigimos en sus guardianes y como yo vivía cerca de su casa, tuve la oportunidad de pasar y repasar por la tienda, comprar alguna vez cigarrillos o unas gaseosas, quedarme a tomarlas lentamente e invitarla a que las bebiera conmigo y siempre quise saber con una morbosa curiosidad quién fue el hombre que la tuvo antes de aquella noche que nos echamos en el piso de ladrillos porque a mí me parecía haberla conocido siempre, desde que comenzamos a ir al colegio secundario y nos tocó estar en el mismo salón, adonde también había sido asignado Enrique Salcedo y no sé cómo ni cuándo, los tres comenzamos a anudar una amistad que el tiempo no fue capaz de destruir y que en mi caso desembocó en el amor.

Y entonces un día que salíamos del colegio, con ella entre los dos hablando de todo y haciendo chismes de cuanto los tres habías visto y vivido en nuestras clases y fuera de ellas, Eusebio Juárez, con la pandilla que siempre lo acompañaba, reía estruendosamente en una esquina, haciendo sus propios chistes, y cuando pasamos lanzó un ofensivo cómo quisiera que movieras ese culo conmigo, mamacita, quise reaccionar, nos quedamos instantáneamente detenidos y volvimos la cabeza para ver al que profería tremenda ofensa, pero María Soledad me tomó fuertemente del brazo, me miró a los ojos, deja tú, yo sé lo que hay que hacer.  Se deshizo de nosotros y se enfrentó a Eusebio Juárez.

-¿Cómo dijiste? ¿A mí me hablabas? -preguntó sonriente.

Eusebio Juárez vaciló pero sacando el pecho, era un muchacho de metro ochenta y cinco, contra quien muy pocos se enfrentaban por temor a una paliza y quien ese momento no quería quedar mal ante su pandilla, sí, mamacita, era para ti, respondió sonriente, con los ojos muy abiertos y el rostro adelantado como si quisiera cubrir toda la imagen de ella de una sola mirada, oh, respondió María Soledad con tono de emoción, era para mí, y tan repentinamente que no me di cuenta cuándo ni cómo comenzó todo, levantó su pesada mochila y manejándola como una maza lo golpeó duramente en la cara, una, dos, tres veces, pero Eusebio reía, le hacía gracia quizá la debilidad de los golpes que sentía, hasta que protegida por los mochilazos, las uñas de María Soledad se hundieron profundamente a un centímetro de su ojo izquierdo y en un instante tan corto que nunca supe realmente cómo estaban ocurriendo las cosas, María Soledad arrastró sus uñas en la carne y abrió cuatro grandes sangrientos surcos en la cara del que la había ofendido, luego se apartó y con la misma velocidad con que había actuado le lanzó un puntapié entre las piernas que lo hizo aullar de dolor y doblarse. Pero la dulce María Soledad, a quien yo amaba, consideró que aún no había terminado y arremetió una vez más con la pesada mochila que manejaba como una maza y dio dos, tres golpes en la cabeza del matón que se caía poco a poco como en una filmación de cámara lenta. Todo había pasado en pocos segundos, y sólo cuando el matón estuvo en el suelo, revolcándose y quejándose de dolor, la pandilla reaccionó y uno de los muchachos la lanzó de un empujón fuera del círculo en que se debatía Eusebio Juárez y recién nos lanzamos nosotros al ataque, fuera, mierda, grité, y como ellos nos superaban en número, me saqué la correa del pantalón y la revoloteé amenazante por encima de mi cabeza, pero María Soledad había acabado con el combate, había sido la heroína y todo estaba terminado.

Nos retiramos retrocediendo con prudencia unos cuantos metros, caminamos de espaldas cautelosamente y entramos al parque, donde sabíamos que estaba la presencia protectora de la comisaría y yo, sin saber si enfurecerme contra mí mismo o reír, María Soledad, María Soledad, qué has hecho, pero ella, erguida, como una diosa se  miraba las uñas enrojecidas, oh, Dios, oh, Dios, repetí, mientras Enrique Salcedo miraba hacia atrás y nos decía caminemos más rápido y nos sentamos en un banco frente al puesto policial y de pronto María Soledad comenzó a reír estrepitosamente, como si acabaran de contarle el chiste más sabroso del mundo, y me gustó su risa, sincera, cristalina como bolas de vidrio que rodaran por un suelo de losetas, nada de juegos ni palabras sucias conmigo, dijo entre risas.

Esa noche cuando fui a visitarla le dije María Soledad, me gustas tanto que me parece que eso ya es amor, me miró tierna y sonriente, tú también me gustas, dijo y estaba con todo su cabello convertido en trenzas, porque cuando iba al colegio lo usaba atado en la nuca como una cola de caballo de ébano y me entregó por primera vez sus labios para que los mordiera apasionadamente.

De todas maneras, no se libró de problemas porque Eusebio Juárez la denunció ante la policía por lesiones y aquello fue algo enojoso porque nos llamaron a la comisaría, declaramos lo que sabíamos y Enrique Salcedo y yo coincidimos en que había sido una legítima defensa frente a la grosería de Eusebio Juárez, que la pandilla estaba integrada por cinco y nosotros éramos tres, con una mujer indefensa al lado, anotó el sargento con sorna, se rió, lo has marcado para toda su vida, primero porque nunca ha vuelto a ser el matón de antes y, añadió, porque las marcas de una uña de mujer no se quitan con ningún remedio del mundo, nos reímos y cuando volví el rostro hacia María Soledad, ella estaba disfrutando del episodio, también reía, nos dijeron les enviaremos una citación, que nunca llegó a mis manos ni sé si llegaría a las manos de mis amigos, porque algunas de las cosas que se decían rara vez se cumplían.

 

 

Y esa tarde les conté, desde mi sitio en la vía del tren que había vuelto sólo por poco tiempo y ellos estaban frente a mí, sonrieron y bromearon como si hubiera sido una tarde de aquellas en que luego de la salida del colegio nos íbamos a vagar por la llanura como quienes buscan algo que no encuentran, recordamos el episodio en que María Soledad dejó mal parado al matón del barrio, Eusebio Juárez, quien hasta recurrió a la policía para defenderse ante la agresión de una mujer indefensa y que, como lo había advertido el sargento de la comisaría de aquel tiempo, lució las huellas de las uñas de María Soledad para toda la eternidad.

-Estamos viviendo juntos hace como dos años y medio -dijo repentinamente María Soledad con la mirada de sus ojos negros puesta encima de mi rostro, no dijo nos casamos hace dos años y medio y como si aquello hubiera sido lo más natural, estamos viviendo juntos como dos años y medio, como algo que había tenido que ocurrir de todas maneras aunque yo hubiera estado presente o me hubiera ausentado como había pasado en realidad, como si todo hubiera estado escrito en su destino.

No respondí, me serví en mi vasito descartable un poco de licor y se lo pasé, intenté decir qué bien, qué bueno que se quieran, pero me salió únicamente un débil salud por ustedes, le pasé el vasito lleno hasta la mitad a María Soledad que se abrigaba con una casaca de cuero negro y ella, con esa sonrisa que extendía luces sobre toda la puna me dijo salud y al pasarle el vasito vacío a Enrique Salcedo, dijo es bueno que quienes se conocieron tantos años se sigan queriendo hasta que se mueran, pero no queremos tener ningún hijo, calló un instante, los hijos son un poco complicados, miró el cielo enrojecido y es bueno que estemos reunidos aquí, como antes, aunque el tiempo lo haya cambiado todo y aunque también el mundo haya cambiado, intervino Enrique Salcedo y esas fueron algunas de las pocas palabras que pronunció esa tarde y me repetí y me dije éste no ha aprendido a hablar en toda su vida, a pesar de haberse distinguido como uno de los mejores alumnos de la clase, pero nunca abandonó su naturaleza sombría, no pudo ingresar a la universidad porque sus padres le reclamaron que se quedara, que el trabajo en el campo lo necesitaba, que era el único hijo y que el poco ganado y la poca tierra que poseían sería finalmente suya y tendría que trabajarla en todo su futuro y que la universidad es para los ricos y los pobres deben resignarse a trabajar en lo que pudieran y la chacra, la producción agrícola es una buena oportunidad y se quedó y me imagino que entonces, en una de esas tardes que ambos se buscaban para evocar el pasado, se encontraron y fueron a sentarse en las líneas del ferrocarril donde terminaron amándose.

Me fui a mi casa donde ya yo no tenía a nadie y a cuyo cuidado estaba un viejo guardián porque toda la familia se había trasladado, me eché un rato sobre la cama viéndolos irse por el camino de tierra por donde pasaban los ómnibus interprovinciales, uno junto al otro en dirección contraria adonde yo iba, porque pensé que ya no podríamos estar juntos nunca más, aunque mi pensamiento estuviera pegado a los ojos de María Soledad y me resistiera a no ir con ellos por lo menos para conversar un rato más o bebernos unas botellas más, y como a las nueve de la noche me dije no voy a poder dormir debido a esa depresión que me vino de repente, tomé mi cámara fotográfica por si podía captar algún paisaje nocturno que mereciera la pena llevarme conmigo de regreso y salí a dar una vuelta.

Mis pies me llevaron al parque principal, sobre cuyos jardines y árboles caían las luces de los focos y de los restaurantes abiertos y me dije comeré algo caliente y beberé un trago y luego me iré a dormir, en este pueblo nunca la gente acostumbra acostarse muy tarde, estaba seguro de que antes de la medianoche, serían arrojados de los establecimientos todos los parroquianos que quedaran y con esa certeza me senté ante una mesa cerca de un ventanal que me abría la perspectiva de la calle y del parque y me dispuse a beber solo, como nunca lo había hecho y me disculpé diciéndome a mí mismo que por ahora, por esta noche no tenía más remedio.

Enfoqué la cámara sobre los árboles del parque brillantes de luz artificial y programé el tiempo para que la foto nocturna me obsequiara ese paisaje que me llevaría de recuerdo. Era una buena cámara y, como siempre que salía de viaje, tenía cuatro rollos de película en los bolsillos de mi casaca, aunque me dije que no me explicaba por qué ni para qué ya que en esta ciudad era probable que no ocurriera nada, pero me confesé que lo que en realidad me hacía falta era distraerme en algo, para evitar algunos recuerdos y frustraciones que se me acumulaban en cuanto tenía ocioso el cerebro.

Pero me equivoqué. Al hacer esa reflexión había olvidado que todo había cambiado, como anotó Enrique Salcedo y que el mundo que yo dejé cinco años atrás, no era el mismo.

Miré el reloj y eran las once y diez de esa noche y me dije en unos minutos más termino este vaso de cerveza y me voy, pero entonces en el parque un minuto antes solitario comenzaron a correr sombras silenciosas. Un instante después la tierra se estremeció desde sus cimientos y escuché y vi la llamarada de una explosión en medio de la pista frente al puesto de la policía que se hallaba en uno de los lados del parque, e inmediatamente otra junto a la puerta que, con toda seguridad, los atacantes tenían la intención de destruir para entrar a sangre y fuego, eliminar a los policías y robar todas las armas que pudieran para llevar adelante la revolución en que estaban empeñados y para conseguir lo cual cometían toda clase de crímenes de crueldad inimaginable contra no sólo  autoridades del gobierno o de las municipalidades, sino contra quien no estuviera de acuerdo con ellos o se mostrara indiferente a lo que ellos hacían. Inmediatamente se apagaron unas tras otras todas las luces de los establecimientos y cerraron las puertas los que aún las tenían abiertas.

Me quedé encerrado con otros dos hombres que bebían en otra mesa y que se acercaron a mi mesa junto a la ventana para ver qué ocurría afuera. Abrí todo lo que pude el diafragma de la cámara y comencé a disparar cuidadosamente sobre las sombras que se movían entre árboles y arbustos, postes y bancos de cemento, y una nueva explosión de dinamita remeció el mundo entero, destruyó la puerta de la comisaría donde quedó un hueco negro sólo iluminado intermitentemente cuando las balas arrancaban chispas al pavimento, se escucharon disparos desde el parque y las ventanas del local policial. Las sombras del parque hacían fuego sobre la casa azul de la policía y sobre el hueco de la puerta destruida para impedir que alguien saliera. Desde lo alto de un hotel contiguo a la comisaría un hombre arrojó un paquete con la mecha encendida que estalló sobre el techo del local y arrancó una enorme llamarada y nubes de polvo rojo por el reflejo de las llamaradas. Escuchaba gritos de órdenes, maldiciones, ríndanse sirvientes del estado caduco, viva el presidente Gonzalo, los disparos estallaban por todo el parque, sacaban chispas de la pista y de las paredes o los postes de hierro en una sucesión que no terminaban nunca hasta que una de las sombras del parque se acercó lo suficiente y lanzó un paquete de dinamita por la puerta abierta hacia el interior de la comisaría, y unos minutos más tarde un hombre herido con los brazos en alto como señal de rendición, salió tambaleante llenando por un momento el negro hueco vacío humeante y se mostró ante la luz que le llegaba de los postes del parque. Lo vi un instante a través del visor de la cámara, y apreté el disparador una, dos, tres veces, porque veía lo increíble, desde los macizos de hierba del parque salieron ráfagas que acabaron con el hombre sorprendido que se rendía y no comprendía cómo ni por qué lo mataban a sangre fría cuando creía que para él había terminado la batalla y el policía se arrimó a la pared celeste de la comisaría, como si tratara de aferrarse a un milagro que lo sacara de aquella angustia y fue deslizándose lentamente hasta el suelo, donde quedó de espaldas a la pared, sentado, como si se hubiera dormido para descansar de un largo viaje que no le permitió llegar a ningún destino.

Me quedé petrificado y rogué interiormente que las fotos salieran bien, pero confiaba en la película de alta sensibilidad que usaba, cuatrocientas asas, recordé, con esta película puedes sacar fotos en un cuarto cerrado, y un instante después una nueva explosión en la comisaría y nuevos disparos desde el interior, ríndanse, carajo, sirvientes de los explotadores, gritó una voz femenina desde el parque y entonces, uno de los hombres que estaba a mi lado dijo los militares, me sacudió el brazo, dirigió el dedo a un lugar de la noche ensangrentada afuera, llegan los soldados me dijo y señaló el otro lado del parque, en cuya bocacalle dos camiones descargaban tropas que saltaban y una vez en tierra disparaban sobre los árboles del parque donde los terroristas se parapetaban.

Los atacantes de la comisaría se desconcertaron, dejaron de disparar unos instantes, luego voces cruzadas, disparos hacia donde los soldados se habían parapetado detrás de los postes de hierro y los macizos de flores, algunos se levantaron y huyeron por la bocacalle que desembocaba junto a la fachada de la estación del ferrocarril, y otros por la calle que teníamos más cerca de nosotros, y los vi tan cerca que pude ver el brillo de sus ojos a través de los huecos de sus pasamontañas negros, a unos metros de la ventana donde yo me hallaba, otros cayeron abaleados en medio de la pista. Los soldados avanzaban disparando, se detenían un instante y volvían a la carga, los policías sitiados los saludaron desde adentro con ovaciones y gritos de contento. Vi cuatro o cinco cuerpos tirados en el suelo. Los soldados continuaron la persecución y durante unos minutos más se escucharon disparos que se alejaban.

Cuando los disparos cesaron en la plaza, se encendieron algunas luces en los pisos altos de los edificios inmediatos. El dueño del restaurante donde yo estaba también las encendió y el mesero se aprestaba a abrir la puerta, por favor váyanse, dijo, no, respondió uno de los hombres que estaban junto a mí, eso no es así no más, si nos ven en la calle los soldados tirarán contra nosotros, seguro van a registrar estas casas, prefiero quedarme aquí donde usted y usted, señaló al mesero, pueden certificar que hemos estado aquí desde las ocho de la noche, eso es cierto, dije, pero como está escrito que los periodistas y los bomberos acuden allí donde arde el fuego por más violento que sea, yo sí me iré, dije, pero debo ir al baño, y allí extraje el rollo casi terminado de la cámara y me abrí el pantalón, lo puse dentro de los calzoncillos, debajo de los testículos, por las dudas, dije, mientras me ajustaba el pantalón a fin de que no se deslizara y se perdiera, puse un nuevo rollo en la cámara y luego salí a la noche helada, vi unos cuantos soldados con sus fusiles automáticos listos para disparar, miraban hacia los techos de las casas, me eché la cámara a la cara y tomé una foto, me acerqué adonde estaban los caídos, éste respira todavía, dijo uno de los soldados y el oficial ya sabes lo que tienes que hacer, el soldado disparó contra el herido y yo apreté nuevamente el disparador, el oficial me vio y vino contra mí, qué pasa carajo, quién es usted, periodista, grité, periodista y del bolsillo de mi camisa saqué mis documentos, pero el oficial estaba furioso, qué mierda hace usted aquí, por la puta madre, exclamó fuera de sí, periodista, repetí también gritando y mostraba en la mano derecha el carné sin soltar la cámara que llevaba en la izquierda, puso la cara ante mis ojos, está prohibida la prensa en estas operaciones, gritó, yo protesté, tengo derecho a informar, dije a también a gritos, estaba rodeado por los soldados, esta es una ciudad en estado de emergencia, prosiguió el oficial sin dejar de gritar y nadie tiene derecho a nada sin autorización.

Algunos curiosos salieron a las esquinas vecinas y desde las ventanas de un hotel de cuatro pisos, cuya fachada miraba a la estación del ferrocarril, las cabezas de curiosos seguían los detalles, lo cual pensé, será una ventaja para mí porque no se atreverán a hacer nada ante tantos testigos. Pero en ese instante, un hombre que hablaba con un micrófono ante su boca se acercaba a grandes pasos, un periodista de una radio local, pensé y acerté, y grité soy periodista, no está prohibida la libertad de prensa, pero el oficial me pidió la cámara, no se la di, la oculté detrás de la espalda, un soldado me tomó los brazos, otro me cogió por la cabeza, me tiraron al suelo, yo no soltaba la cámara, pero alguien me puso un pie sobre el antebrazo y me arrancó la máquina. El oficial la abrió y extrajo el rollo, lo recorrió íntegramente poniéndolo ante la luz del foco más próximo, protesté, esto es un abuso, usted será denunciado ante su comando, váyase a la mierda, quéjese a la cochesumadre, me respondió y arrojó el rollo al suelo, a dos pasos de donde yo estaba, lo recogí como si se tratara de un objeto de vida o muerte, pero al ver la cinta inutilizada, maldita sea, carajo, grité indignado, usted es un abusivo de mierda y se las verá con mi periódico, vino hasta mí que acababa de incorporarme, me agarró del cuello y me dio un puñetazo en la cara, fuera de aquí, carajo, exclamó, no me iré, estoy cumpliendo labor informativa, respondí, comprobé que me salía sangre de la nariz, escuché algunos disparos aislados, saqué mi pañuelo y me limpié, vi que levantaban a los caídos, me hice el interesado en todo, caminé hacia uno y otro lado, miraba todo, mientras me limpiaba los ojos y la nariz ensangrentada, pusieron a los muertos en un camión y se los llevaron a la morgue del hospital que yo sabía, quedaba a unas cinco cuadras de la plaza, pregunté a un policía cuál fue el saldo del choque, un policía y cuatro terrucos muertos, respondió, y siete policías heridos, él mismo se limpiaba la sangre de la frente con un pañuelo, cuántos policías había aquí, pregunté, quince, respondió, y fuimos atacados por unos treinta terroristas, prosiguió con un tono de amabilidad que atribuí a que quizá tenía el ánimo de atenuar la conducta del oficial militar y en ese momento los curiosos bullían por todas partes, pero los militares habían establecido un cerco alrededor del parque y yo estaba adentro. No me inquieté, pero me hice la intención de visitar la morgue para ver a los muertos y, si era posible, fotografiarlos, pero eso sería al día siguiente.

Hablé con Augusto Rojas, el reportero de la radio que describía lo que veía. Lo invité a tomar un café en el restaurante desde donde había estado antes del incidente. Dijo sus últimas palabras, se despidió de sus oyentes que calculaba que era toda la ciudad y me dijo debo llamar a Lima, porque era corresponsal de una radioemisora capitalina, pero sí te acepto el café, allí mismo le pidió el teléfono al dueño del establecimiento y habló con su central. Cuando volvió me dijo no voy a tomar café, esto me ha impresionado, tomaré una copa de pisco, yo haré lo mismo, le respondí y pedimos un cuarto de Soldeica con cocacola y limón. Después de lo ocurrido, recién sentía frío y la bebida nos cayó bien.

-¿Conoces al capitán que me golpeó? -le pregunté.

-No -respondió-, hay muchos oficiales nuevos aquí. Ése es nuevo, es la primera vez que lo veo.

-Hijo de la gramputa, no voy a descansar hasta hacerle pagar por este golpe -dije, aunque en el fondo no estaba tan disgustado como parecía, porque tenía el rollo lleno de fotos guardado en el fondo de mis calzoncillos.

Por precaución, permiso, dije y me fui a los servicios higiénicos. Allí comprobé la existencia del rollo y lo saqué. Le pregunté a Augusto a qué hora salía el avión de mañana, llega a las siete, informó y se va unos quince o veinte minutos después, cuando todos los pasajeros hayan subido a bordo, tendré que dormir muy rápido, comenté, y hablamos de varias cosas, de mi trabajo y el suyo, de las condiciones en que se desarrollaban las actividades en esta ciudad donde yo había vivido y había estudiado, no faltaban los atentados en las noches, pero se reducían a estallidos de dinamita en el cerro o en los barrios alejados del centro, me contó, pero este ha sido un ataque muy atrevido, parece que quieren publicidad y hacer ostentación de su actividad y por eso se han arriesgado a hacerlo a sabiendas de la presencia del ejército en estado de alerta y de que los policías también estaban sobreaviso, porque en estos tiempos saben que si se duermen cuando despierten pueden estar muertos, ja, ja, ja, rió estrepitosamente, parecía un buen amigo, con magnífico sentido del humor sentido del humor como acababa de demostrar, hay patrullas de soldados a pie  y en vehículos todo el día, prosiguió, los vemos en las instituciones públicas, en ejercicios repentinos, en redadas en que participan con la policía, hermano, esta es una ciudad en guerra, y no sé dónde se esconden los terroristas porque si estuviéramos en la selva, ocultarse sería fácil, pero aquí si salen de la ciudad como es probable y se van a la puna los pueden cazar como a conejos con un par de camiones o con un helicóptero, pero encuentran dónde esconderse quizá en la ciudad misma o en el campo, quizá atemorizan a la gente y la obligan a guardar silencio, quizá son familiares de campesinos y de día trabajan en el campo y de noche salen a realizar sus atentados, ¿sabías?, el coronel jefe ha pedido un helicóptero para patrullar el campo y para realizar incursiones entre las haciendas que ya no son haciendas sino casas de los campesinos, pensé en Enrique Salcedo y en María Soledad que debían vivir en alguna de esas construcciones de barro con techo de ichu, apartadas varios kilómetros de la ciudad, se levantarían temprano para atender a sus animales, su ganado, sus vacas y ovejas y quizá si María Soledad llevaba a los animales hasta donde encontrara pastos todos los días y un arroyo para darles de beber, esta noche ha sido de verdadero terror, hermano, proseguía Augusto Rojas, cinco muertos, siete heridos, tres de ellos de gravedad, le pregunté por el nombre del oficial al mando del puesto policial, me lo dio, lo anoté y cuando juzgué que tenía mis datos completos llamé del mismo restaurante que se mantenía a puerta cerrada pero nos atendía por una deferencia especial que el dueño le tenía a Augusto Rojas, y le di la información al periódico y fotos, ¿hay fotos?, me preguntó Manuel Rodríguez que estaba en la mesa de redacción esa medianoche, las tendrás mañana, exclusivas, musité para guardar la reserva del caso, porque aunque el dueño del local me había visto tomar fotos, había sido testigo también de que el oficial del ejército veló la película exponiéndola a la luz. Como a las doce y media nos despedimos.

En la casa a oscuras me puse a pensar tercamente en María Soledad y Enrique Salcedo y me hice la idea de desearles mañana, más bien más tarde porque ya era la madrugada, buena suerte y felicidad para siempre, porque siempre habíamos sido hermanos y habíamos caminado juntos los años más hermosos de nuestras vidas y no tenía por qué guardar ningún rencor a ninguna de ellos, y luego me iría por donde vine porque estaba escrito que yo ya no tenía un lugar en este mundo donde ellos se habían instalado.

 

 

Antes de las siete estaba en el aeropuerto y encontré militares por todas partes. Busqué entre todos los pasajeros para ver si encontraba un amigo que pudiera llevar el rollo de película en un sobre dirigido al diario. No lo encontré, pero el periodista Augusto Rojas fue mi salvación, ven me dijo al verme, me presentó a un funcionario de la universidad que viajaba a Arequipa y le pidió que llevara ese sobre, por favor, alguien estaría esperando para reclamarlo. Del mismo aeropuerto llamé al periódico para que fueran a esperar la llegada del funcionario y recuperara el sobre que contenía el valioso testimonio fotográfico, entre papeles en que había dibujado un croquis de la batalla y hecho una descripción aproximada de las fotografías en el orden en que habían sido tomadas. Luego volví a la ciudad.

En la morgue los policías se mostraron recelosos pero no pusieron dificultades para mi trabajo. En tres mesas de cemento había otros tantos cadáveres y en suelo estaban los otros del total de cinco bajas que los terroristas habían tenido la noche anterior. Pregunté a un guardia si los habían identificado, estos nunca cargan documentos, me dijo y cuando mueren en combate y son recogidos por sus compañeros, les cortan los pies y los dedos de las manos para impedir cualquier identificación y sólo una que otra vez, algún familiar aparece y reconoce a su muerto, pero generalmente van a parar a la fosa común, como éstos a quienes, estoy seguro, nadie va a reclamar, porque como son unos criminales hijos de puta, ni sus padres querrán saber de ellos, dijo, pero como no pudieron llevárselos debido a la intervención del ejército anoche, quizá podrían ser identificados por alguien hasta que se cumpla el plazo de reglamento.

Examiné a los que estaban en las mesas. Eran campesinos de entre veinticinco y treinta años y luego me incliné sobre los dos cadáveres que estaban en el suelo, uno de ellos al parecer el herido que un soldado remató con un balazo a quemarropa en la cabeza y a quienes habían retirado los pasamontañas y dejado los rostros al descubierto y entonces todo el mundo se me convirtió en una espantosa, sombría e incomprensible vorágine que me atrapó para estrujarme y ahogarme en medio de la pesadilla más cruel que me impedía ver, mantenerme en equilibrio sobre mis pies y me hacía sentir en un puente que se balanceaba entre las sombras al borde de un abismo sin fondo en lo alto del cual yo flotaba como una libélula transportadora de malas noticias, mientras me decía que no, que no podía ser posible, y quizá me puse pálido, porque el guardia que me acompañaba me preguntó ¿le pasa algo, amigo? y yo no, no, no es nada, dije a media voz, luego me dijo es natural, los muertos son muy feos, sobre todo cuando mueren con la cabeza destrozada, porque allí, amoratados, juntos, como habían estado los últimos años de su vida, estaban María Soledad y Enrique Salcedo, y ella con un balazo que le había atravesado el cuello, enormemente pálida, con los grandes ojos  negros abiertos hacia el techo, como si hubiera querido llenar su mirada con ese otro mundo en que ambos quisieron cambiar la tierra en que vivimos, desgraciadamente con el terror, la violencia y la muerte.

 

 

Fuegos artificiales

 

Lamentablemente, las cosas han adquirido un nuevo y definitivo significado, escucha que le dicen o lee que le escriben, ya no puedo soportar más esta situación, escucha y no quiere escuchar porque sus diablos azules circulan a todo lo ancho del mundo, por debajo de la mesa donde diariamente ella le servía la comida, en los barrotes verticales como cárcel de su cama de hierro, danzan diablos azules y rojizos como exhalaciones de niebla y nunca pensé que un día podíamos llegar a este extremo en que te escriba o te diga que ya no puedo más, que la paciencia de todos estos años se acabó y que nunca, nunca, nunca, tres veces nunca, repetidas unas tras otras, pensé que todo iba a terminar de esta manera y la vio de pie, en medio de la habitación y los diablos azules, con la mirada perdida en mi cuerpo, en mis ojos que no tienen mirada sino para los diablos azules que se disfrazan y se arman con miles de rostros conocidos y desconocidos para hacerme temblar de miedo, para hacerme sentir solo, tan solo que pienso que no te encuentras allí, donde te encuentras y donde me hablas o me escribes y puedo escuchar el correr del bolígrafo sobre el papel y no me explico por qué los diablos no te hacen nada, pasan a tu lado sin rozarte, sin tocarte, sin contaminarte, y tú sigues tan pura, tierna, invisible y visible, como cuando nos amábamos, una vez ya muy lejana, tan distante que aparece distorsionada en el recuerdo y ya no sé si en realidad nos amamos o si nunca nos amamos y si sólo vivimos un espejismo que se repite a cada instante y revive diferente hasta causar la duda y convertirse en una mentira más a la que me estoy acostumbrando desde cuando vinieron a alojarse aquí todos los diablos azules que ha creado el mundo...

Me voy le dijo a su madre a comprar unos cohetecillos en Mesa Redonda para revenderlos y hacernos un sencillo para la navidad el año nuevo y la madre le dio cien soles y a las pocas horas todas las televisoras del mundo dibujaban las llamas de millones de fuegos artificiales en todo el barrio y la madre solo atinó a pensar mi hijo mi hijo está allá metido entre ese enorme fuego que estalla y no cesa de estallar pero él se iba lejos con los cien soles de la madre junto a ti en un asiento de autobús porque íbamos a amarnos lejos donde tú querías que nos amáramos y estuvimos lejos mientras la madre no encontraba sus restos ni sus hermanos encontraban sus restos para darles cristiana sepultura y se resignaron ocho días después a encender unas velas en una mesa donde doblaron la poca ropa limpia que tenías un pantalón desteñido y hecho hilachas en los bordes de los bolsillos y te lloraron y rezaron por ti mucho esa noche y tu madre lloraba mucho todas las noches recordando la horrible muerte que habías tenido en medio de los fuegos artificiales de todos los colores por el único afán de tener un sencillo para la navidad y el año nuevo y poder comprar unos regalitos baratos para los chicos de mis hermanas pero su forma de amar se renovaba cada vez en nuestras propias desnudeces en nuestras bocas que nunca se cansaban de besarse y estábamos lejos a mil kilómetros al norte adonde nos había dado la gana de irnos para amarnos aunque igual hubieras podido amarla en el vecindario donde vivía porque total ni su madre ni sus hermanos y hermanos se oponían a esa relación decían que ella era buena y podría ser la mujer adecuada para que formaras el hogar que nunca formarías porque estabas muerto entre los muertos de la gigantesca llamarada de Mesa Redonda donde algunos dicen juran que te vieron comprando cohetecillos en cantidad para revenderlo a las tiendas de tu barrio y te vieron correr para escapar del fuego pero que el fuego te alcanzó porque lo rodeaba todo y se trasladaba de casa en casa y de calle en calle para encerrar a los muertos que nunca fueron identificados y quedaron para siempre sin nombre y sin restos reducidos a solo un recuerdo en las mentes de las madres y los hermanos que escuchaban cómo habías muerto de manera tan atroz.

Lo más triste y  espeluznante fue que a los cuarenticinco días de tu muerte, un poco más flaco de lo que te fuiste, apareciste en la puerta de tu casa y fue tu propia madre la que salió a abrirte y creyó encontrarse ante un fantasma, un resucitado y eso parecía en verdad porque estaba más flaco que cuando se fue aquella tarde de fines del año de la explosión y no sabía si llorar o cantar de felicidad al verte, hecho de carne y hueso, pero lo que nunca supo tu madre o quizá lo supo en silencio, fue que regresaste porque no tenías ningún lugar en el mundo adonde ir y entonces tus pies te llevaron hacia la casa donde vivías con tus hermanos y un día, mucho después de tu resurrección, descubrieron que estabas enfermo y que la delgadez no era solo porque habías padecido hambres fuera del hogar como siempre se padece cuando uno está fuera de su casa, sino porque la enfermedad te corroía por dentro, un médico de la posta dijo leucemia, y otro médico dijo cirrosis pero los diablos azules te corroían los ojos y la única forma de aplacarlos era metiéndote una botella de aquel trago que solías tomar con los palomillas del barrio y entonces el cielo gris aparecía azul y las luces de los focos aparecían como estrellas del fondo del universo que sólo conocemos en las películas que daba la televisión y que de cuando en cuando encontrábamos en las fotos de los periódicos y la madre y tus hermanas alguien lo ha contagiado para que se ponga así tan de repente y la cama estaba rodeada de diablos azules y frascos de medicina y restos de ampolletas hasta cuando les dijiste déjenme morir porque ya sé que no tengo remedio y vino tu tío Pedro y te miró a los ojos y lo primero que dijo fue sólo se mueren los cojudos, los que no tienen voluntad de vivir, pero si te quieres morir te voy a ayudar y te ayudaron los muchachos del barrio, los antiguos condiscípulos del colegio, las amigas de tus hermanas y los compañeros de trabajo de tus hermanos, hicieron cuotas y hasta organizaron una pollada sin música porque no se puede bailar en una fiesta destinada a recoger fondos para enterrar a un difunto que esta vez sí, por segunda vez, va a morir en unos cuantos días y en serio, a pesar de todas las explicaciones que dieron la madre, las hermanas y los hermanos sobre el viaje de amor que lo salvó de la primera muerte y cuando muchos se negaban a convencerse de que habían asistido durante una noche y un día al velorio de alguien que estaba vivo.

Pero al fin se convencieron de tanto verlo nuevamente por las calles del barrio dedicado a sus botellas para aplacar la enorme sed que le había dejado la hembra que se fue, que desapareció un día y lo dejó esperando en su cuartito de aquel conventillo de la ciudad desconocida adonde los llevaron los cien soles de la madre, y recuerda en medio de los diablos azules que sólo le dijo voy al mercadito de la esquina, ya vuelvo y él esperó hasta la noche que volviera y esperó hasta la otra madrugada que volviera y entonces salió a comprar un trago fuerte para disimular la espera y entonces la vio de regreso en medio de los diablos azules, le reprochaba que la dejara abandonada mientras se iba a la calle a emborracharse con los nuevos amigos del conventillo y pronunció las palabras definitivas y malditas ya no te puedo soportar más pero esa noche y el día siguiente todo siguió igual, los dos desnudos en la cama, prometiéndose amarse hasta la muerte hasta esa vez, dos o tres días más tarde, en que ella salió al mercadito y él se quedó solo con sus diablos azules y la esperó hasta cuando le dijeron que él también tenía que irse porque ya no lo iban a soportar más y no quiso darse cuenta durante mucho tiempo de que todo había terminado y entonces decidió armarse de botellas y emprender el camino de regreso a la casa, como un resucitado a contar la verdad de su primera muerte y a desmentir a todos los noticieros y a todos los periódicos que la habían dado por cierta y habían informado de ella en todos los colores y hoy, frente al tío Pedro, limpio de diablos azules, le cuenta, le confiesa y se arrepiente y sabe que va a morir porque todo el mundo le dice que debe morir y el tío Pedro bien, bien, si así lo deseas procuraré que tu entierro esta vez sí, sea digno y sea verdadero porque en realidad, pienso, que ya no tienes nada que hacer en este mundo.

Y, en realidad, sintió que para él, a los veintiocho años de vida, ya todo estaba terminado, ya todo estaba hecho y deshecho, he hecho jirones de mi vida, su hermana le recordaba que se escapaba a la calle contra el permiso de la mamá que quería tenerlo cerca, más protegido que cualquiera, pero fugaba en cualquier momento y entonces sintió que todo era nuevamente luminoso como cuando sus pies entraban en la playa del río, vamos a buscar oro al río, le decían y se pasaban horas enteras en el cernido de toneladas de arena con la esperanza de lograr un granito de oro y hubo un periódico que publicó algo sobre los buscadores de oro del río que no sacan ni para el té, pero hablaba sobre sus ilusiones y sacrificios, sus técnicas del lavado de la arena que no sabía dónde las habían aprendido y de sus planes para cuando encontraran el oro que buscaban, del amor que tenían a su familia a la que querían sacar de aquel túnel de miseria en que se hallaba y que era el motivo de todas sus penas, sus vicios y desventuras y al final, frustrados y cansados se echaban entre las rocas de la orilla, se bañaban en las aguas turbias del río, regresaban hambrientos a sus casas y, por supuesto, la mamá se ponía a llorar o a hablar interminablemente reprochándole su ausencia mientras le servía la comida y él callado, sin atreverse a decir nada, sólo pensaba, solo respondía en pensamiento era para construirte una casa, mamá, para que tengamos una casa real en lugar de esta, era para que cambiáramos de barrio, para irnos adonde no hubiera miseria y con estos pensamientos en la memoria sintió ahora en su lecho de enfermo como decían sus hermanas que el templo enorme donde se encontraba estaba pleno de luz, libre de los diablos azules y que nada le dolía en el cuerpo ni nada le dolía en el fondo del corazón donde nada duele pero duele, porque comprendió entonces, que toda su vida, desde la búsqueda de oro en las sucias playas del Rímac, hasta su huida y muerte había sido una sucesión de fuegos artificiales donde los diablos azules danzaban hasta morir o hasta extinguirse en medio de su sed desesperada.

literatura peruana actual