Hace 32 años se produjo
una de las grandes convulsiones del siglo pasado en la ciudad de Lima. Extraña que alrededor de ella se haya echado hoy un
manto de silencio.
La noche anterior acababa
de llegar de Arequipa, donde había estado de vacaciones y ese día, martes 5, debía reintegrarme a mi trabajo en el diario
Correo.
Mi hora de entrada eran
las 10 de la mañana y a las 9.30 estaba en un paradero de la avenida Alcázar para abordar el ómnibus o microbús que me llevara
a la avenida Garcilaso de la Vega donde se hallaban las sedes de los diarios Correo y Ojo. Normalmente
tardaba entre 10 y 15 minutos en el viaje.
Me detuve a mirar las
portadas de los periódicos en un quiosco situado frente al paradero. No vi nada extraordinario, pero noté la curiosidad de
las personas que hacían lo mismo. Una de ellas exclamó de pronto: ¡Hace dos días que los tombos están de huelga y estos mierdas
no dicen una palabra!
Los tombos eran, si no
lo sabe, los policías y los mierdas los periódicos que no publicaban una letra. Eran tiempos difíciles para el periodismo
libre. La prensa en su totalidad estaba amordazada por el régimen del general Juan Velasco. La gente decía de los periódicos
que estaban ‘parametrados’, ya que uno de los ideólogos del movimiento militar que gobernaba el Perú había dicho
antes que “se permitía la libertad de prensa dentro de los parámetros” que lo permitieran los fines de la revolución.
Así, pues, cuando se produjo
una huelga policial en reclamo de mejores haberes, la prensa en general, en acatamiento de aquel parametraje guardó silencio
pues cualquier información podía dañar los fines de la revolución velasquista.
Mal que bien, pude abordar
un ómnibus y supuse que el comentario del anónimo lector había sido una exageración. Una huelga de policías con las consecuencias
que ello pudiera acarrear no podía silenciarse. ¿O sí?
Cuando llegué al mismo
centro de Lima, al crucero de las avenidas Tacna y La Colmena,
había una descomunal congestión vehicular, a tal extremo que preferí bajar del ómnibus y dirigirme a pie las cuatro cuadras
que me faltaban.
Óscar Cuya Ramos, el jefe
de informaciones, me vio llegar y casi dio un grito de emoción:
–¿Vas a trabajar?
–Claro, para eso
estoy aquí.
–Creí que seguías
de vacaciones.
Tomó el teléfono, llamó
a fotografía y ordenó que un fotógrafo me esperara en la camioneta, que ya estaba lista para salir. Con el mismo tono emocionado,
corre, hermano, hay un tiroteo en Radiopatrulla.
Radiopatrulla está en
el distrito de la Victoria y era uno de los cuarteles más
grandes de la desaparecida Guardia Civil, rama uniformada de la Policía
que, con las otras dos fuerzas policiales, la ex Guardia Republicana y la
Policía de Investigaciones, es hoy parte de la Policía Nacional del Perú.
Intervienen los tanques
En el camino, el fotógrafo
Revilla me iba enterando de lo que había ocurrido. Una huelga policial estaba a punto de ser sofocada esa mañana, por tropas
de la división blindada del ejército, que empleó sus tanques para derribar las puertas de Radiopatrulla, pasar por encima
de los coches patrulleros estacionados en el patio principal y ametrallar a los policías que les hacían frente con sus armas
cortas.
Hasta las aproximadamente
10.15 de la mañana, cuando nos acercábamos a Radiopatrulla se escuchaban tiroteos en las zonas adyacentes de esa dependencia.
Al llegar a la plaza Manco
Cápac, a unas ocho cuadras del cuartel de Radiopatrulla, grupos de manifestantes lanzaban consignas amenazadoras. “¡Abajo
la dictadura!”, “¡Viva la Guardia Civil!”.
Cuando vieron la camioneta del periódico donde yo estaba con el fotógrafo, vinieron hacia nosotros. Me di cuenta de que era
un vehículo peligroso. Era un jeep con todo el color y la apariencia de un vehículo militar. Bajé del coche y esgrimí mi libreta
de apuntes. ¡Periodistas, periodistas!, grité sin mucha fe porque sabía que abundaba la gente a la que le gustaría hacernos
pasar un mal rato. Felizmente, alguien entre los exaltados entró en razón y gritó, déjenlos tranquilos, ellos no tienen la
culpa. Al parecer distinguía entre los trabajadores de la prensa que éramos nosotros, los que hacíamos calle, y los dueños
y directores, inclinados hacia el gobierno militar.
El chofer Palomares, quien
vivía en el puerto del Callao, me dijo que se iba a llevar el vehículo porque si lo veían en cualquier sitio del centro eran
capaces de quemarlo. Le hice una señal de asentimiento y nos encaminamos, el fotógrafo y yo, hacia donde parecía librarse
una batalla interminable.
Un piquete de soldados
en la avenida 28 de julio a dos cuadras de la plaza Manco Cápac nos impidió el paso. Finjimos acatar sus órdenes. Revilla
me dijo que se iba por su cuenta, y luego de separarnos, yo tomé una calle lateral para acercarme, luego de dar un rodeo,
a un bloque de viviendas cercano a donde se libraba el tiroteo.
Al parecer, unos policías
habían logrado escapar de la arremetida militar y hostilizaban a los soldados desde distintos lugares elevados, ocultos en
edificios y casas de las inmediaciones de Radiopatrulla. En un momento, luego de acercarme para ver qué ocurría, debí lanzarme
al suelo de un jardín, junto a otras personas que formaban pequeños grupos de curiosos, porque los soldados comenzaron a disparar
ráfagas de ametralladoras en nuestra dirección.
Uno de mis ocasionales
acompañantes, al parecer vecino del barrio, comenzó a contarme lo que había visto.
“En la madrugada
han atacado con todo a los tombos”, dijo, “y debe haber muchos muertos. Les han dado sin compasión después que
los tanques entraron destrozando las puertas. Los tanques han comenzado a disparar desde lejos, hermano. Mira las huellas
que han dejado los cañonazos en los torreones”.
Miré y en efecto, aparecían
huellas de los impactos en la masa gris de los torreones, desde donde, me contó el desconocido, habían querido parar a los
tanques con disparos de fusiles, metralletas y pistolas, que no llegaban a arañar el blindaje de las máquinas del ejército.
Unas dos horas más tarde,
soldados con el fusil en ristre, comenzaron a ahuyentar a los curiosos. Me cuidé de ocultar mi libreta de apuntes. Buscaba
al fotógrafo Revilla por todo lado y al no encontrarlo emprendí el regreso, grabando en mi memoria todo lo que había visto.
No había ningún vehículo de servicio público en ninguna calle. Cuando abandoné mi posición de observador en el jardín de esa
casa cerca de Radiopatrulla, creí que avanzando un poco hacia el centro, podría encontrar un carro que me llevara cerca de
mi periódico. En la plaza Manco Cápac me senté en un banco para descansar, anotar lo que podía escaparse de la memoria y reemprendí
el camino. Caminé por la avenida 28 de julio y sudoroso, bajo el tórrido mediodía de verano, doblé por Garcilaso de la Vega y entonces percibí con toda claridad el estampido de disparos de fusil.
Al llegar a la avenida
España, comprobé que los disparos provenían de la cuadra donde se encontraba Correo. Me oculté detrás de un poste de hierro.
Había algunas personas cerca que me aconsejaban tirarme al suelo como ellas. Seguí caminando de poste en poste por la acera
opuesta. Entonces vi una enorme columna de humo negro. No lograba acertar de dónde provenía.
Querían quemar todo
Un hombre que estaba tendido
cerca del poste desde donde yo trataba de localizar el origen del humo, me dijo es el casino de policía – que quedaba
justamente frente al local del periódico – y otro le dijo no, el fuego es en el Centro Cívico.
Seguí trotando, me ocultaba
en los huecos de las puertas y detrás de los postes. De pronto los disparos cesaron. De no supe jamás dónde, salieron decenas
de personas y gritando lemas contra la dictadura, se agruparon para marchar en alguna dirección que no me interesaba. Yo quería
llegar a mi periódico a escribir lo que había visto aunque no fuera publicado.
Cuando llegue a la puerta
principal estaba cerrada. Me dije debo ir por la puerta posterior, que daba a la entonces callecita Jacinto López, angosta
y descuidada, por donde salían los vehículos del periódico. Cuando llegué a la esquina de Garcilaso y Bolivia, habían destrozado
una enorme ventanal del centro cívico y del interior sacaban muebles, cuadros,
papeles, todo cuanto pudiera servir para armar una fogata, que ardió un minuto más tarde en medio de la calle.
Pero yo quería llegar
a mi periódico. Y al llegar mi sorpresa no tuvo límites. Por la puerta de salida de vehículos los trabajadores sacaban muebles,
archivadores metálicos, escritorios, todo lo que podían salvar. Me acerqué más y me introduje en un caos espectacular. En
medio del patio de cemento estaban amontonados los muebles que podían salvarse. Una sección del local, construida de material
prefabricado, donde había algunas oficinas y el comedor, ardía como una antorcha alimentada con gasolina.
Con alguien que me dijo
que lo ayudara, sacamos a un canchón de la calle Jacinto López, el archivador que queríamos salvar. El canchón que daba alojamiento
a los enseres del periódico pertenecía a Sinamos, el odiado organismo que trataba de llevar adelante la movilización social
que el gobierno quería implantar al estilo de la soplonería cubana de cada cuadra y que se había infiltrado en todos los organismos
estatales con el pretexto de realizar la obra social y de desarrollo que el gobierno proyectaba.
Allí dejamos el archivador
metálico que habíamos salvado. El edificio entero, desaparecida bajo cenizas la sección prefabricada, ardía en ese mediodía
trágico, cuyas columnas de humo se sumaban a otras que en varios sitios de la ciudad, anunciaban que la cólera popular se
había ensañado con edificios estatales y a veces con lo que no debía – por ejemplo, el edificio del ministerio de Educación,
de cuyo vestíbulo desapareció una de las famosas pinturas de Teodoro Núñez Ureta.
Como era normal en un
régimen de fuerza, bajo un estado de sitio y toque de queda, se dio una represión indiscriminada, cruel y desproporcionada
que quizá quiso sentar un escarmiento y abatió a balazos a saqueadores e inocentes durante tres días.
Como a las tres de la
tarde, Hugo Neira, intelectual nombrado director de Correo por la dictadura, nos dijo a quienes estábamos reunidos en el patio
observando las cenizas humeantes: “No crean que el gobierno va a venir en auxilio por esta pérdida. Hay otros muchos
asuntos más graves que el gobierno tiene que atender”.
No debíamos hacernos ilusiones.