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cultura, informaciones

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La imagen de un falso "samurai" humillado

Director: Luis Eduardo Podestá
Lima, octubre de 2007 - Nº 16
Hola, amigos:
¿Vieron la cara de asustado que tenía el ex dictador Alberto Fujimori cuando descendió del helicóptero que lo trajo de la base aérea de Las Palmas y lo entregó a sus custodios en el centro policial de la Diroes? Hasta ahí no iba su "estrategia", ni sus decantados "cálculos políticos". Se convertía simple y llanamente en un reo contumaz que después de una larga ausencia y fuga por medio mundo era traído -no venía-, era traído por las autoridades para que rindiera cuenta de sus actos durante los casi diez años de gobierno corrupto en que destruyó instituciones e hizo descender la riqueza moral de nuestro pueblo hasta límites inimaginables. No queríamos publicar su foto pero hay necesidad de hacerlo para contrastar su imagen actual con la soberbia, la mentira y el abuso que caracterizaron su gobierno. 
Sin que ese sea un grato suceso, creo que es necesario traerlo a la memoria para que la historia no se repita y tengamos cuidado, mucho cuidado, cuando en el futuro nos acerquemos a las ánforas para depositar nuestro voto por uno u otro candidato para entregarle el país, nuestro país, durante cinco años, con la esperanza de que al fin, nos construya el porvenir de bienestar que deseamos.
Hasta la próxima, lector amigo.
 
Luis Eduardo Podestá Núñez, periodista.
Reg. Prof. UNMSM 0466
Reg. Colegio de Periodistas del Perú 0149
 
* Con verdadera complacencia, hemos comprobado que el último número de la revista Bellarequipa ha incluido en sus páginas nuestro artículo País amazónico, Vaya a ver el Amazonas recién nacido.
** También recoge de nuestras páginas el artículo Un combate para la historia que narra un episodio de peleas de toros en Arequipa que escribió nuestro colaborador Manuel Rodríguez Velásquez (Marove).
 

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Añashuaico: una salvaje belleza aún por descubrir

El cañón blanco de Añashuaico
 
Las canteras de Añashuaico, al norte de Arequipa constituyen un atractivo al que hasta la fecha no se le ha dado interés y que podría ser un nuevo motivo de desarrollo del turismo.
 
El autor, su  hijo Álvaro y su nieto Axel, estuvieron en la zona.
Resultado de aquella visita durante dos horas de un caluroso día es el artículo que aparece en esta edición de mistinoticias.

 

Vincent van Gogh: Morir frente a un trigal

Vincent van Gogh tuvo una corta vida artística. Apenas diez años para aprender pintura y dejar sorprendido al mundo con 840 lienzos y más de mil dibujos, aparte de cientos de acuarelas y litografías que nos dejó como herencia inmortal, y que otros artistas no alcanzaron a producir en su vida entera. A ellas hay que agregarle las cartas que escribió, sobre todo a su hermano Teodoro, que han servido para construir una de las biografías más conmovedoras de cualquier ser humano.  

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Récord de ascensiones al Misti
El octogenario andinista Carlos Zárate Sandoval está próximo a cumpir -él no está muy seguro aún- el récord de ascensiones a montañas, en este caso, al arequipeño volcán Misti, que guarda en sus faldas a la blanca ciudad.

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Marcelo, el poeta
Nunca pensamos que Marcelo Martínez escribiera poesía. Solo lo vimos, lo escuchamos, lo tratamos como al buen periodista y humorista que es. Y para no tardar más de lo necesario aquí entregamos una muestra de su poemario "SIn ortografía"
 
Echa un vistazo también a:
 
* Pedro Paulet Mostajo
El precursor arequipeño
de los viajes espaciales
 
* No está demás una visita de aventura
 
* 84 años y 285 ascensiones al Misti
 
* Los cañones más profundos del mundo
 
* Se hará justicia por asesinato y desaparición de periodistas
 
* La noche de María Soledad y Fuegos artificiales 
(narraciones que forman parte del libro Ajuste de cuentos, de Luis Eduardo Podestá)
 
* La pluma ajena
Un combate para la historia
Sensacional pelea de toros 
 
* Libros
El amor en tiempo de bolero

 

5 de febrero de 1975

 

La rebelión olvidada

 

Por Luis Eduardo Podestá

 

Hace 32 años se produjo una de las grandes convulsiones del siglo pasado en la ciudad de Lima. Extraña que alrededor de ella se haya echado hoy un manto de silencio.

La noche anterior acababa de llegar de Arequipa, donde había estado de vacaciones y ese día, martes 5, debía reintegrarme a mi trabajo en el diario Correo.

Mi hora de entrada eran las 10 de la mañana y a las 9.30 estaba en un paradero de la avenida Alcázar para abordar el ómnibus o microbús que me llevara a la avenida Garcilaso de la Vega donde se hallaban las sedes de los diarios Correo y Ojo. Normalmente tardaba entre 10 y 15 minutos en el viaje.

Me detuve a mirar las portadas de los periódicos en un quiosco situado frente al paradero. No vi nada extraordinario, pero noté la curiosidad de las personas que hacían lo mismo. Una de ellas exclamó de pronto: ¡Hace dos días que los tombos están de huelga y estos mierdas no dicen una palabra!

Los tombos eran, si no lo sabe, los policías y los mierdas los periódicos que no publicaban una letra. Eran tiempos difíciles para el periodismo libre. La prensa en su totalidad estaba amordazada por el régimen del general Juan Velasco. La gente decía de los periódicos que estaban ‘parametrados’, ya que uno de los ideólogos del movimiento militar que gobernaba el Perú había dicho antes que “se permitía la libertad de prensa dentro de los parámetros” que lo permitieran los fines de la revolución.

Así, pues, cuando se produjo una huelga policial en reclamo de mejores haberes, la prensa en general, en acatamiento de aquel parametraje guardó silencio pues cualquier información podía dañar los fines de la revolución velasquista.

Mal que bien, pude abordar un ómnibus y supuse que el comentario del anónimo lector había sido una exageración. Una huelga de policías con las consecuencias que ello pudiera acarrear no podía silenciarse. ¿O sí?

Cuando llegué al mismo centro de Lima, al crucero de las avenidas Tacna y La Colmena, había una descomunal congestión vehicular, a tal extremo que preferí bajar del ómnibus y dirigirme a pie las cuatro cuadras que me faltaban.

Óscar Cuya Ramos, el jefe de informaciones, me vio llegar y casi dio un grito de emoción:

–¿Vas a trabajar?

–Claro, para eso estoy aquí.

–Creí que seguías de vacaciones.

Tomó el teléfono, llamó a fotografía y ordenó que un fotógrafo me esperara en la camioneta, que ya estaba lista para salir. Con el mismo tono emocionado, corre, hermano, hay un tiroteo en Radiopatrulla.

Radiopatrulla está en el distrito de la Victoria y era uno de los cuarteles más grandes de la desaparecida Guardia Civil, rama uniformada de la Policía que, con las otras dos fuerzas policiales, la ex Guardia Republicana y la Policía de Investigaciones, es hoy parte de la Policía Nacional del Perú.

 

Intervienen los tanques

En el camino, el fotógrafo Revilla me iba enterando de lo que había ocurrido. Una huelga policial estaba a punto de ser sofocada esa mañana, por tropas de la división blindada del ejército, que empleó sus tanques para derribar las puertas de Radiopatrulla, pasar por encima de los coches patrulleros estacionados en el patio principal y ametrallar a los policías que les hacían frente con sus armas cortas.

Hasta las aproximadamente 10.15 de la mañana, cuando nos acercábamos a Radiopatrulla se escuchaban tiroteos en las zonas adyacentes de esa dependencia.

Al llegar a la plaza Manco Cápac, a unas ocho cuadras del cuartel de Radiopatrulla, grupos de manifestantes lanzaban consignas amenazadoras. “¡Abajo la dictadura!”, “¡Viva la Guardia Civil!”. Cuando vieron la camioneta del periódico donde yo estaba con el fotógrafo, vinieron hacia nosotros. Me di cuenta de que era un vehículo peligroso. Era un jeep con todo el color y la apariencia de un vehículo militar. Bajé del coche y esgrimí mi libreta de apuntes. ¡Periodistas, periodistas!, grité sin mucha fe porque sabía que abundaba la gente a la que le gustaría hacernos pasar un mal rato. Felizmente, alguien entre los exaltados entró en razón y gritó, déjenlos tranquilos, ellos no tienen la culpa. Al parecer distinguía entre los trabajadores de la prensa que éramos nosotros, los que hacíamos calle, y los dueños y directores, inclinados hacia el gobierno militar.

El chofer Palomares, quien vivía en el puerto del Callao, me dijo que se iba a llevar el vehículo porque si lo veían en cualquier sitio del centro eran capaces de quemarlo. Le hice una señal de asentimiento y nos encaminamos, el fotógrafo y yo, hacia donde parecía librarse una batalla interminable.

Un piquete de soldados en la avenida 28 de julio a dos cuadras de la plaza Manco Cápac nos impidió el paso. Finjimos acatar sus órdenes. Revilla me dijo que se iba por su cuenta, y luego de separarnos, yo tomé una calle lateral para acercarme, luego de dar un rodeo, a un bloque de viviendas cercano a donde se libraba el tiroteo.

Al parecer, unos policías habían logrado escapar de la arremetida militar y hostilizaban a los soldados desde distintos lugares elevados, ocultos en edificios y casas de las inmediaciones de Radiopatrulla. En un momento, luego de acercarme para ver qué ocurría, debí lanzarme al suelo de un jardín, junto a otras personas que formaban pequeños grupos de curiosos, porque los soldados comenzaron a disparar ráfagas de ametralladoras en nuestra dirección.

Uno de mis ocasionales acompañantes, al parecer vecino del barrio, comenzó a contarme lo que había visto.

“En la madrugada han atacado con todo a los tombos”, dijo, “y debe haber muchos muertos. Les han dado sin compasión después que los tanques entraron destrozando las puertas. Los tanques han comenzado a disparar desde lejos, hermano. Mira las huellas que han dejado los cañonazos en los torreones”.

Miré y en efecto, aparecían huellas de los impactos en la masa gris de los torreones, desde donde, me contó el desconocido, habían querido parar a los tanques con disparos de fusiles, metralletas y pistolas, que no llegaban a arañar el blindaje de las máquinas del ejército.

Unas dos horas más tarde, soldados con el fusil en ristre, comenzaron a ahuyentar a los curiosos. Me cuidé de ocultar mi libreta de apuntes. Buscaba al fotógrafo Revilla por todo lado y al no encontrarlo emprendí el regreso, grabando en mi memoria todo lo que había visto. No había ningún vehículo de servicio público en ninguna calle. Cuando abandoné mi posición de observador en el jardín de esa casa cerca de Radiopatrulla, creí que avanzando un poco hacia el centro, podría encontrar un carro que me llevara cerca de mi periódico. En la plaza Manco Cápac me senté en un banco para descansar, anotar lo que podía escaparse de la memoria y reemprendí el camino. Caminé por la avenida 28 de julio y sudoroso, bajo el tórrido mediodía de verano, doblé por Garcilaso de la Vega y entonces percibí con toda claridad el estampido de disparos de fusil.

Al llegar a la avenida España, comprobé que los disparos provenían de la cuadra donde se encontraba Correo. Me oculté detrás de un poste de hierro. Había algunas personas cerca que me aconsejaban tirarme al suelo como ellas. Seguí caminando de poste en poste por la acera opuesta. Entonces vi una enorme columna de humo negro. No lograba acertar de dónde provenía.

 

Querían quemar todo

Un hombre que estaba tendido cerca del poste desde donde yo trataba de localizar el origen del humo, me dijo es el casino de policía – que quedaba justamente frente al local del periódico – y otro le dijo no, el fuego es en el Centro Cívico.

Seguí trotando, me ocultaba en los huecos de las puertas y detrás de los postes. De pronto los disparos cesaron. De no supe jamás dónde, salieron decenas de personas y gritando lemas contra la dictadura, se agruparon para marchar en alguna dirección que no me interesaba. Yo quería llegar a mi periódico a escribir lo que había visto aunque no fuera publicado.

Cuando llegue a la puerta principal estaba cerrada. Me dije debo ir por la puerta posterior, que daba a la entonces callecita Jacinto López, angosta y descuidada, por donde salían los vehículos del periódico. Cuando llegué a la esquina de Garcilaso y Bolivia, habían destrozado una enorme ventanal del centro cívico y del interior sacaban  muebles, cuadros, papeles, todo cuanto pudiera servir para armar una fogata, que ardió un minuto más tarde en medio de la calle.

Pero yo quería llegar a mi periódico. Y al llegar mi sorpresa no tuvo límites. Por la puerta de salida de vehículos los trabajadores sacaban muebles, archivadores metálicos, escritorios, todo lo que podían salvar. Me acerqué más y me introduje en un caos espectacular. En medio del patio de cemento estaban amontonados los muebles que podían salvarse. Una sección del local, construida de material prefabricado, donde había algunas oficinas y el comedor, ardía como una antorcha alimentada con gasolina.

Con alguien que me dijo que lo ayudara, sacamos a un canchón de la calle Jacinto López, el archivador que queríamos salvar. El canchón que daba alojamiento a los enseres del periódico pertenecía a Sinamos, el odiado organismo que trataba de llevar adelante la movilización social que el gobierno quería implantar al estilo de la soplonería cubana de cada cuadra y que se había infiltrado en todos los organismos estatales con el pretexto de realizar la obra social y de desarrollo que el gobierno proyectaba.

Allí dejamos el archivador metálico que habíamos salvado. El edificio entero, desaparecida bajo cenizas la sección prefabricada, ardía en ese mediodía trágico, cuyas columnas de humo se sumaban a otras que en varios sitios de la ciudad, anunciaban que la cólera popular se había ensañado con edificios estatales y a veces con lo que no debía – por ejemplo, el edificio del ministerio de Educación, de cuyo vestíbulo desapareció una de las famosas pinturas de Teodoro Núñez Ureta.

Como era normal en un régimen de fuerza, bajo un estado de sitio y toque de queda, se dio una represión indiscriminada, cruel y desproporcionada que quizá quiso sentar un escarmiento y abatió a balazos a saqueadores e inocentes durante tres días.

Como a las tres de la tarde, Hugo Neira, intelectual nombrado director de Correo por la dictadura, nos dijo a quienes estábamos reunidos en el patio observando las cenizas humeantes: “No crean que el gobierno va a venir en auxilio por esta pérdida. Hay otros muchos asuntos más graves que el gobierno tiene que atender”.

No debíamos hacernos ilusiones.

Recuerdo aquel 5 de febrero porque fue una fecha aciaga en medio de una dictadura incapaz de dialogar, y porque es deseable que no vuelva a producirse jamás algo igual.